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Islam al modo malayo

No es fácil encontrar un lugar en la Tierra que haya sido tan disputado a lo largo de los siglos como el pequeño territorio que comprende el actual estado malayo de Malaca. Fundado como sultanato por el príncipe Parameswara en el siglo XIV, fue pronto extendiéndose por la península malaya y por la vecina isla de Sumatra. A pesar de su origen hindú, Parameswara acabó convirtiéndose al Islam y arrastrando con él a todos sus súbditos, ya por entonces especializados en la floreciente actividad del comercio de especias. Tal fue su éxito en esta tarea que muy pronto atrajeron las miradas de imperios vecinos, tales como el chino o el siamés, listos tanto para comerciar con ellos como para invadirlos al menor descuido.

Pero fueron los portugueses quienes finalmente se llevaron el gato al agua, cuando a principios del siglo XVI una expedición llegada desde Goa se estableció en lo que actualmente constituye la ciudad de Malaca. Allí levantaron una poderosa fortaleza, a la que dieron el nombre de A Famosa, de la que prácticamente solo se conserva la conocida Porta de Santiago. Durante los más de cien años que se mantuvieron en ese lugar, tuvieron tiempo también de construir diversas iglesias, como la de San Pablo, de la que solo quedan algunas ruinas en la actualidad. En este templo predicó durante unos meses el jesuita San Francisco Javier y en él estuvo enterrado su cuerpo por algún tiempo.

Pude darme cuenta al visitar Malaca que la influencia portuguesa todavía perdura, a pesar de los varios siglos transcurridos desde su paso. De hecho, existe aún un grupo étnico, denominado kristang, cuyos componentes son descendientes de aquellos marineros lusitanos que se mezclaron con la población nativa local. Los kristang profesan la fe cristiana y hablan un peculiar lenguaje que contiene numerosos vocablos de origen inequívocamente luso, algunos de los cuales han ido siendo transferidos al idioma malayo con el paso del tiempo. Suelen reunirse en un espacio conocido como asentamiento portugués, donde organizan celebraciones al más puro estilo lusitano.

No fueron los portugueses los únicos occidentales que se sintieron atraídos por el estratégico emplazamiento y la tradición comercial de Malaca. A mediados del siglo XVII fueron reemplazados por los neerlandeses, que, aliados con un sultán de la zona, despojaron a los lusos del poder, pasándolo a ostentar ellos mismos durante unos ciento cincuenta años. Quedan en la ciudad restos de su paso por ella, fundamentalmente un edificio con aspecto del norte de Europa al que se conoce como Stadthuys, que servía de residencia y lugar de trabajo al Gobernador. No lejos de él se encuentra la denominada iglesia de Cristo, de similar tono rojizo y donde aún se celebran ritos luteranos.

Pasó Malaca a manos británicas a principios del siglo XIX, a cambio de ciertos territorios indonesios que resultaban de mayor interés para sus entonces propietarios neerlandeses, y así se mantuvo hasta la independencia de Malasia a mediados del siglo XX. Tal diversidad de civilizaciones en un espacio tan pequeño ha hecho que Malaca sea hoy día una ciudad muy cosmopolita, donde coexisten un buen número de religiones y culturas que frecuentemente interactúan y se mezclan entre ellas. Pues aunque conviene no olvidar la fuerte tradición musulmana que tiene este país, el Islam se vive aquí de una forma relajada y tolerante, sin el menor atisbo de fundamentalismo y siempre respetando a otras creencias. Algunos otros, no solo musulmanes, deberían de tomar buena nota.

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