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Cuna de un incomprendido

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Carlos de Austria fue con toda seguridad el hombre más poderoso de su tiempo, a pesar de sus coetáneos y acérrimos enemigos Enrique VIII de Inglaterra y Francisco I de Francia. Rey de España como Carlos I y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico como Carlos V, sus posesiones fueron poco a poco extendiéndose allende los mares, llevándolo a ser dominador de un vasto territorio que puso el mayor empeño en mantener. De procedencia flamenca por parte de padre y castellana por parte de madre, durante buena parte de su vida mantuvo un cierto conflicto interior entre ambos orígenes, a pesar de que al serle concedido el reino español se le obligó prácticamente a abjurar de sus raíces paternas.

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Había nacido Carlos de Austria en Gante, localidad belga en la actualidad, que en aquel último año del siglo XV era una ciudad floreciente y muy poblada para la época. Allí pasó su infancia y adolescencia en un ambiente plenamente flamenco, teniendo por lengua materna el neerlandés y siendo educado de acuerdo a las costumbres que en Flandes regían. Cuando, tras morir su abuelo Fernando el Católico, se unificaron en su persona las Coronas de Castilla y Aragón no sabía una palabra de castellano y las costumbres de la corte le resultaban extrañas sobremanera. Tan es así que intentó rodearse de nobles y asistentes procedentes de su tierra natal, lo cual no fue muy bien entendido, especialmente en Castilla.

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No se sabe muy bien si el rey llegó a olvidar sus raíces o fue un intento de aplacar las iras de la nobleza castellana, el caso es que una subida de impuestos a aquellos acaudalados comerciantes flamencos provocó una revuelta en Gante. Y Carlos I no dudó en enviar su casi imbatible ejército para poner fin al levantamiento, lo que causó graves daños en su ciudad de origen. Cuando las aguas volvieron a su cauce, el monarca obligó a caminar a los nobles de la villa con los pies descalzos y llevando una soga alrededor del cuello como castigo, por lo que desde entonces los habitantes de Gante son conocidos como stroppendragers, que significa algo así como los que llevan la soga.

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Gante es hoy en día una ciudad muy hermosa, que a pesar de diversos avatares sufridos en el pasado ha sabido mantener un casco histórico en un impecable estado de conservación y que no tiene nada que envidiar al más renombrado de la vecina población de Brujas. Tanto su impresionante campanario como dos de sus tres beguinajes están declarados Patrimonio de la Humanidad y los edificios que pueden verse a lo largo del Graslei sorprenden por su majestuosidad. Sin olvidar la catedral de San Bavón, de solemne aspecto gótico, ni el castillo Gravensteen, en perfecto estado de conservación y de apariencia puramente medieval.

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Pero no parece que sus habitantes recuerden con mucho agrado a su nativo más ilustre, ni aprecien en exceso a los descendientes de aquellos que se convirtieron en sus súbditos. Las alusiones a ello cuando muestran los instrumentos de tortura expuestos en el castillo suelen ser habituales. Aunque, en el fondo, quizás no sea más que una pequeña venganza como consecuencia de la tremenda humillación a la que sus antepasados fueron sometidos por las tropas castellanas a las órdenes de Carlos de Austria. Ese poderoso personaje, flamenco de nacimiento y español de adopción, a quien ni los unos ni los otros lograron entender del todo. Y que, harto de ser un incomprendido, decidió un buen día renunciar a sus casi inabarcables posesiones y, simplemente, abdicó.

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