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Versalles del desierto

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Monarca alauita cuya figura se pierde entre la neblina de la leyenda, Moulay Ismail era considerado descendiente del mismísimo Profeta y la multitud de hazañas que se le atribuyen darían para escribir no una, sino varias novelas. Victorioso en numerosas batallas contra los otomanos, que intentaban apoderarse de sus dominios a finales del siglo XVII, es bien conocida su amistad con el monarca francés Luis XIV, a quien consideraba su aliado y trataba de emular por todos los medios. Llegó incluso a intentar contraer matrimonio con una de las hijas del Rey Sol, la princesa María Ana de Borbón, de cuya legendaria belleza existen diversas muestras en forma de retrato, aunque ésta rechazó el ofrecimiento. Algo que no desanimó al sultán, que continuó manos a la obra en la tarea de crear una especie de Versalles a las puertas del desierto.

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Eligió para ello la localidad de Meknes, a la que declaró capital de su reino. Fundada siglos atrás como una fortaleza almorávide, Meknes vivió su principal periodo de esplendor durante su mandato, cuando fue engalanada con numerosos palacios, jardines y especialmente mezquitas. No en vano a esta villa se la conoce en Marruecos como la ciudad de los cien minaretes y los edificios históricos que se conservan en ella son numerosos. Una de sus construcciones más destacables es la puerta Bab Mansour, así denominada en honor al arquitecto responsable de la obra, a pesar de que a Moulay Ismail no debió gustarle en exceso el resultado final, pues ordenó su ejecución antes de que los trabajos fueran completados.

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Las columnas de mármol que decoran la puerta Bab Mansour fueron traídas de la ciudad romana de Volubilis, situada en las proximidades. En realidad, el origen de esta antigua población parece ser cartaginés, aunque se desarrolló a mayor escala durante la época en la que los romanos se establecieron en el norte de África, llegando a ser el principal asentamiento de la provincia que ocupaba el actual territorio marroquí. De su importancia da idea el hecho de que, cuando el Imperio Romano comenzó a declinar y sus legiones abandonaron la zona, Volubilis permaneció habitada durante varias décadas más, hasta que fue destruida probablemente por un terremoto. Allí se conservan aún algunos de los restos romanos más significativos del continente, destacando el imponente arco triunfal del emperador Caracalla.

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A escasos cinco kilómetros de Volubilis se encuentra la localidad de Moulay Idriss, muy valiosa para los creyentes marroquíes porque en ella se encuentra el mausoleo del califa Idriss I, también venerado como descendiente directo del Profeta. Habitual lugar de peregrinación, la entrada al santuario no está permitida a los no musulmanes, tal y como suele ser costumbre en la mayoría de recintos religiosos islámicos del norte de África. De cualquier manera, esta pequeña ciudad bien merece una visita y desde algunas de las colinas que la rodean se obtienen buenas vistas de su conjunto, siempre dominado por la mezquita donde reposan los restos del santo. Destacan también en ella sus viviendas encaladas, que se extienden sobre una loma separadas entre sí por estrechas callejuelas.

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Como era de esperar, Moulay Ismail se hizo construir un fastuoso mausoleo en Meknes. La mano de obra la constituían esclavos cristianos, a los que solía tratar de una manera despiadada, llegando al punto de asesinar a centenares de ellos con sus propias manos. Paradójicamente, su santuario es uno de los pocos lugares sagrados de Marruecos a los que pueden acceder los no musulmanes, algo que hice cuando visité la capital de su reino. No para rendir tributo a este sultán sanguinario, sino quizás para intentar ser agraciado con algo de su baraka, tal y como hacen los locales que frecuentan este lugar. Porque, al fin y al cabo, no careció de ella este monarca guerrero, vencedor en numerosas contiendas y a quien la leyenda apócrifa atribuye cerca de novecientos hijos, procreados con un número similar de mujeres y concubinas durante sus casi noventa años de vida.

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