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Oliendo a azufre

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Uno de los lugares más sorprendentes en un país ya tan fascinante de por sí como Islandia es el que forman el lago Mývatn y sus alrededores. El término mývatn significa algo así como lago de los mosquitos por lo que es fácil imaginar que allí hay abundancia de ellos, aunque es de justicia indicar que solo son notorios durante el verano. La profusión de comida así como la riqueza en minerales de las aguas del lago provocan que en toda la zona se concentren enormes cantidades de aves acuáticas de diversas especies. Es, por tanto, una región con un considerable atractivo tanto para los ornitólogos como para los viajeros, que suelen sentirse irremediablemente seducidos por el azul de las poco profundas aguas del lago y la belleza del entorno que lo rodea.

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Seguramente, en la creación del Mývatn tuvo que ver un área volcánica conocida como Krafla, que se localiza a escasa distancia. La constante ebullición del subsuelo ha formado una serie de túmulos y coladas de lava presentes por toda la zona, especialmente en el lugar conocido como Dimmuborgir, literalmente fortaleza negra. Éste no era más que una laguna de lava que al enfriarse formó una serie de tubos y columnas de ese material, provistos de una curiosa apariencia. La actividad volcánica del área de Krafla es aprovechada para producir electricidad mediante una planta geotérmica allí establecida, que abastece a buena parte de la isla. El aprovechamiento de las posibilidades energéticas que les proporciona su característico subsuelo da una idea de la conciencia ecológica del pueblo islandés, siempre preocupado por alterar lo menos posible el entorno donde les ha tocado vivir.

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En el interior de la caldera de Krafla se encuentra el Hverfjall, un cono casi perfecto que allí surgió hace unos tres mil años debido a una erupción que tuvo lugar por entonces. Se trata de la mayor de una serie de formaciones similares existentes en la zona, con unos cuatrocientos metros de altura y aproximadamente un kilómetro de diámetro. Su color gris contrasta fuertemente con el verde que la rodea en verano. No demasiado lejos de ella se encuentra el cráter Víti, cuyo nombre se puede traducir como infierno y que es mucho más moderna, pues se creó hace solo unos trescientos años. Merece la pena subir hasta su borde, porque en su interior se acumula el agua procedente del deshielo formando una pequeña laguna de aguas calientes y una preciosa tonalidad verde-azulada. Aunque hay gente que desciende hasta el interior del cráter para bañarse en la laguna, he de reconocer que yo no me atreví a tanto y me conformé con contemplarla desde arriba.

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Hace unos treinta años en esta zona sucedieron los llamados Fuegos de Krafla, que comenzaron con una serie de pequeños terremotos a los que siguieron levantamientos y hundimientos del terreno, incluyendo erupciones que surgían de fisuras en la caldera durante la fase de hundimiento. La lava aparecida entonces es, por consiguiente, mucho más joven que la anterior, lo cual es fácilmente apreciable incluso para un profano en el tema como lo era yo. Lo curioso del caso es que en ciertos lugares la actividad volcánica es tan evidente que es posible apreciar un incremento de temperatura bajo tus pies, como si algo estuviera cociendo a no demasiada profundidad. Incluso hay zonas donde no es buena idea pisar o acercarse en demasía, pues se corre el riesgo de sufrir un accidente.

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Algo al norte de la caldera de Krafla se encuentra la colina llamada Námafjall, en una de cuyas laderas es incluso aún más evidente la actividad del subsuelo. En este lugar, llamado Námaskarð, surgen por todos lados solfataras y fumarolas que dan un aire a planeta deshabitado. Más espectaculares todavía son una especie de charcos donde el barro parece hervir y a los que conviene no acercarse en exceso pues la temperatura que alcanzan es considerable. El olor que desprenden no deja dudas de que su contenido es fundamentalmente sulfuroso, aunque sorprende lo vistoso de su colorido, prueba de que en su composición se encuentran diferentes tipos de minerales. Mientras admiraba tan extraño fenómeno recordé que hasta estos parajes habían llegado tiempo atrás algunos astronautas para preparar sus futuras expediciones lunares. Y me pareció lógico, al fin y al cabo no creo que haya en la Tierra un sitio tan similar a lo que se le supone a su hermana pequeña.

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