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Desde atrás hacia adelante

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Nada más librarse del yugo impuesto durante décadas por la apisonadora soviética, el pueblo georgiano comenzó a vivir un auge de espiritualidad sin precedentes. Las manifestaciones religiosas, que habían sido duramente reprimidas durante el periodo comunista, fueron retomadas con fruición y la autocefalia de la Iglesia Ortodoxa Georgiana fue finalmente reconocida. Esta condición de credo independiente había sido declarada unilateralmente por los popes georgianos con anterioridad pero nunca fue aceptada por sus homólogos rusos, que pretendieron seguir manteniendo el control ejercido sobre sus vecinos ortodoxos del sur. Para ello contaron con la inestimable colaboración de Josif Stalin que, aunque georgiano de nacimiento, no dudó un ápice en aplicar a sus compatriotas sus famosas y terribles purgas.

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Los nuevos aires de libertad surgidos tras el reconocimiento de Georgia como estado independiente provocaron el nacimiento de una corriente de opinión entre los patriarcas de la recién declarada oficialmente iglesia autocéfala, con el fin de conmemorar tal evento. La idea era construir una nueva catedral en Tbilisi que estuviera lista para ser consagrada en el año 2000, cuando, de acuerdo a la tradición cristiana, se celebraba el segundo milenio del nacimiento de Jesucristo así como aproximadamente mil quinientos años de la creación de la Iglesia Ortodoxa Georgiana. Diversos problemas acaecidos en aquellos años, entre ellos alguno tan serio como una guerra civil, hicieron que el proyecto se paralizase por un tiempo, pero una vez restituida la calma las obras de construcción del templo dieron comienzo.

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Como emplazamiento para la nueva catedral se eligió la llamada colina de Elías, situada en el histórico distrito de Avlabari y desde donde se domina toda la ciudad de Tbilisi. Del entusiasmo para lograr tamaña empresa se encargó el homónimo patriarca de la Iglesia Ortodoxa Georgiana, a quien sus fieles conocen como Ilia II. Fue él quien consiguió ilusionar al pueblo georgiano con el proyecto, logrando recaudar de esta manera los considerables fondos requeridos para llevarlo a buen término. Hecho que no es de extrañar si se conocen algunos pormenores de la biografía de este hombre, como su visita a Moscú en plena guerra de su país con Rusia para pedirle al presidente Medvedev que cesara la agresión contra su pueblo. Otra de sus hazañas fue conseguir incrementar el escaso índice de natalidad de Georgia al prometer, y por supuesto cumplir, bautizar en persona al tercer hijo de cada familia.

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Aunque las obras no pudieron ser finalizadas en el plazo requerido, la catedral de la Santísima Trinidad de Tbilisi fue consagrada finalmente el día de San Jorge de 2004. Más conocida como catedral Sameba, término que refiere a la Trinidad en el idioma local, domina la capital georgiana con suficiencia desde su absoluta enormidad. De sus dimensiones da idea el hecho de que se trata del tercer templo ortodoxo más alto que existe, al elevarse hasta casi los cien metros, además de ocupar una superficie superior a cinco mil metros cuadrados. Está coronada por una cúpula dorada sobre la que se sitúa una cruz, cuya longitud rebasa con creces los siete metros. El complejo donde se encuentra la iglesia comprende otras dependencias como el campanario, separado de la misma a la manera habitual en los templos ortodoxos, la residencia del patriarca y un monasterio.

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A pesar de ser demasiado pronto para adjudicarle algún tipo de valor histórico, esta magnífica edificación es, en mi opinión, uno de los puntos fuertes para todo viajero que llegue a Tbilisi. Su aire de grandiosidad no deja indiferente al visitante, que suele quedar impresionado por unas dimensiones nada habituales en los frecuentemente diminutos templos ortodoxos. Constituye además todo un símbolo identitario para ese pueblo georgiano que tan generosamente contribuyó a sufragar los enormes gastos derivados de su construcción. Sin dejar atrás el hecho de que en este lugar me sentí transportado en el tiempo, como si hubiera retrocedido varios siglos y estuviera en la piel de un peregrino extasiado ante la recién construida basílica de San Pedro de Roma. Cuando tuve ante mis ojos la catedral Sameba caí en la cuenta de que, quizás por primera vez en mi vida, estaba mirando a la Historia desde atrás hacia adelante.

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