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Franqueando la puerta del cielo

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Transcurrían los últimos años del siglo XVI cuando Abbas I decidió trasladar la capital de su imperio desde la norteña ciudad de Qazvin hasta Isfahán, desde donde resultaba más sencillo defender el territorio de los ataques que llegaban por los cuatro puntos cardinales. Aunque apenas había cumplido un cuarto de siglo, llevaba ya justamente una década en el poder y apuntaba esas maneras que lo convertirían en el shah más poderoso de la dinastía safávida. Dada su cultura y el aprecio que sentía por el arte, no es de extrañar que decidiera dotar a la nueva capital de grandes infraestructuras, construidas todas ellas con un gusto tan exquisito que llevaron a Isfahán a convertirse en una de las ciudades más hermosas del Planeta en aquella época.

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Entre las diversas mezquitas que Abbas I mandó construir en la villa se encontraba una que debía ser muy especial, puesto que su uso estaría reservado exclusivamente a las numerosas féminas que componían su harén. Tan importante encargo le fue encomendado a Sheikh Bahai, el más sabio de sus súbditos, que con sus conocimientos sobre materias como astronomía, literatura, matemáticas y arquitectura pasaba por ser una especie de Leonardo da Vinci de Oriente. Los aspectos puramente técnicos debían ser solventados por Mohammed Reza Isfahani, de vastos conocimientos estructurales. De la decoración tanto exterior como interior, especialmente de esos textos y suras tan importantes en las construcciones religiosas musulmanas, se encargaría Ali Reza Abbasi, considerado el mejor de sus calígrafos.

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Tras solamente quince años de trabajos, muy poco para la época, vio la luz un templo cuya principal característica debía ser la simpleza. Carente de patio, sin iwan interior y con uno externo más bien humilde, a falta de minarete siquiera por no ser necesario para convocar a los fieles al rezo, la mezquita del Sheikh Luftallah pasaría desapercibida en un lateral de la plaza Naqsh-e Jahan si no fuera por la espectacularidad de su cúpula exterior. Tan discreta resultaba que ni siquiera tenía una denominación oficial y fue conocida mediante diferentes apelaciones hasta que le fue asignado el nombre de uno de sus imames más famosos. Hubieron de pasar varios siglos para que tanto el pueblo iraní como los viajeros occidentales pudieran tener acceso a su interior, descubriendo de esa manera el secreto mejor guardado de la arquitectura safávida.

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Tan celoso de la intimidad de su harén estaba Abbas I que el acceso a la mezquita se efectuaba a través de un túnel que la conectaba con el palacio de Ali Qapu, situado en el lateral opuesto de la plaza Naqsh-e Jahan. El iwan de entrada, con forma de media luna y cuyas puertas estaban permanentemente cerradas, era custodiado por guardias para evitar las miradas indiscretas o los intentos de aproximación de los curiosos. Allí están escritos tanto el nombre del shah como el del imam Hussein, haciendo referencia a las creencias chiitas de los emperadores safávidas, introductores de este credo en el actual Irán donde aún es seguido por la inmensa mayoría de la población. Tras él se encuentra un corredor profusamente decorado en su parte superior con azulejos formando mosaicos, que muestran motivos geométricos y vegetales a la manera habitual en las construcciones islámicas.

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Una vez completado el recorrido por el corredor se llega a la entrada al templo en sí. El interior de la cúpula, desprovisto totalmente de mobiliario o alfombras, apareció ante mis ojos cubierto por azulejos decorados con distintos colores, con predominio del azul y el amarillo. Aparte de los consabidos motivos vegetales y geométricos, enseñan textos que representan tanto suras del Corán como poemas de Sheikh Bahai y pensamientos de Abbas I. El conjunto ofrece una imagen a la vez minimalista y cautivadora, adornada con el detalle de la iluminación que entra por una abertura del centro de la cúpula componiendo una figura similar a la de un pavo real, cuya cola estaría formada por el halo de luz consiguiente. Cuando abandoné aquel recinto sin par me sentí como si acabara de franquear la puerta del cielo y, tras unos minutos, me hubiese sido permitido volver para describir lo que allí vieron mis ojos.

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10 pensamientos en “Franqueando la puerta del cielo

  1. Gracias por compartir este post. Tanta belleza no parece de este mundo. Solo conozco las mezquitas de Istanbul, y me emocionaron cuando las visité. Un saludo.

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    • Si te gustaron las mezquitas turcas, las persas te dejarían irremediablemente atrapada. En mi vida he visto mezquitas tan hermosas como en Irán, quizás tan solo algunas de Uzbekistán puedan comparárseles. Plantéate un viaje a esa zona, porque seguro que no te decepcionará.

      Muchas gracias por tu comentario.

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  2. Buen detalle lo del harén, cuando yo busque la información solo decía que era para uso de la “familia real” sin especificar que miembros 🙂

    Me gustó mucho el interior pero como fui justo después de la Mezquita del Shah la primera palabra que se me vino a la mente fue breve, bella y breve.

    La cúpula exterior me encantó!

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    • Normalmente prefiero la brevedad y el minimalismo a la ostentosidad, quizás por ello salí fascinado de esta mezquita. Además, al contrario que tú, visité primero ésta y luego la del Shah, aunque esta última también me pareció maravillosa.

      Creo que Abbas I debía tener en mucho aprecio a las integrantes de su harén cuando reservó para ellas un lugar tan bello.

      Muchas gracias por tu comentario y un abrazo.

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      • Breve pero no le quitaría el adjetivo de ostentosa 🙂 el techo y las paredes no dejan espacio para dudarlo. Y si el shah les reservo un lugar muy bello…

        Creo que si hubiera visitado las mezquitas en el mismo orden que tu tal vez no me habria quedado lo de breve … pero es que el azul turquesa de la puerta de la mezquita del shah me atrajo como mosca a la miel xD

        Saludos!

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      • Supongo que el shah debía hacer méritos ante su harén y de ahí la grandiosidad que desprende la cúpula, tanto interior como exteriormente. 🙂 La comparación con la mezquita del Shah es inevitable, encontrándose tan cerca la una de la otra. Ambas son magníficas, sin duda.

        Muchas gracias por tu comentario y un abrazo.

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  3. Si en algo destaca Irán es en la belleza de sus innumerables mezquitas. Coincido contigo en la dificultad de señalar cuál sería la más bella pero ésta estaría, para mi, entre las tres mejores. Quizás algo eclipsada por la inmensidad de su vecina mezquita del Sha, no la desmerece en absoluto. Es una joya, una mezquita maravillosa. Imposible no sentirse atraído ante la cúpula más hermosa que haya visto nunca y una vez en el interior, es imposible no fascinarse ante sus mosaicos.

    He disfrutado con la descripción que has hecho de su historia. Felicidades, una vez más, por el post.

    Un abrazo.

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    • Muchas gracias por tus palabras. Viniendo de un experto en Irán como tú, para mí son todo un halago.

      Coincido contigo en la fascinación que siento ante las mezquitas persas, para mí las más hermosas del mundo sin discusión posible. Quizás tan solo puedan comparárseles las madrasas uzbecas, país que vuelvo a recomendarte porque sé que te va a encantar. También destacan en Uzbekistán los mausoleos, comparables o incluso superiores a los imamzadeh iraníes. Ya me contarás que te parecen unas y otros, si algún día haces ese viaje.

      Muchas gracias por tu comentario y un abrazo.

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