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En la piel del guiri

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Aunque había leído alguna que otra cosa sobre el estado micronesio de Yap con anterioridad, cuando realmente empecé a ser consciente de la forma de vida de los habitantes de estas islas fue al aterrizar en su aeropuerto. Tras pasar el control de pasaportes, poco más que una caseta situada en un lateral de la pista, nos esperaba una chica ataviada simplemente con el lava lava, falda hecha con tiras de hojas secas, y un lei, collar de flores que dejaba entrever sus pechos desnudos. Portaba varias coronas de flores, localmente denominadas nu-nuw, que iba colocando con una tímida sonrisa en la cabeza de cada pasajero que finalizaba sus trámites aduaneros. En ese momento pensé que aquello solo era una forma, muy agradable eso sí, de causar una buena impresión en los pocos viajeros que arriban a este pequeño archipiélago perdido en la inmensidad del Pacífico.

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Era de noche y a la salida del minúsculo edificio aeroportuario nos esperaba un conductor para llevarnos a nuestro hotel. Nada especial, salvo por el hecho de que nuestro anfitrión solo vestía el thus, una especie de taparrabos. Cuando a la mañana siguiente intentamos averiguar por donde quedaba el centro de la ciudad, en recepción nos contestaron en un perfecto inglés y siempre con una sonrisa: ‘Actually this is the downtown’. Así que aquello, en realidad un conjunto de casas desperdigadas y que pasaban casi desapercibidas entre los árboles, era el centro neurálgico de Colonia, la capital de Yap. Sin lugar a dudas, aquel lugar parecía realmente interesante.

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El próximo día nos dirigimos hacia una zona cercana con la intención de cambiar algo de dinero. Por el camino nos cruzamos con algunas mujeres y niños, que nos miraban con cara de curiosidad. Buena parte de ellas vestían solamente el lava lava, dejando sus senos en completa libertad. En la única oficina bancaria de la isla había varias personas esperando, algunas ataviadas con el thus o el lava lava y otras a la manera occidental. Cuando llegó mi turno, comenté a la cajera mi intención de cambiar unos euros. ‘¿Qué es eso?’, contestó. ‘La moneda europea’, repliqué. Sin perder la sonrisa, me informó que no sabía de qué le estaba hablando pero que de todas maneras era imposible cambiar cualquier tipo de moneda. En la isla solo podía usarse la divisa oficial, el dólar estadounidense.

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Sin perder la calma, pregunté si había algún cajero automático donde obtener dinero con mi tarjeta de crédito. Nueva sonrisa y nueva negativa: la isla carece de cajeros. Probé con mi último cartucho: ‘¿Sería posible conseguir algo de efectivo en el banco a crédito con mi tarjeta?’. Siempre sonriendo me contestó que allí ese tipo de operaciones no eran posibles. Salí del banco un tanto preocupado por el hecho de llegar a aquella isla perdida con apenas un puñado de dólares y un fajo de euros, allí nada más que papel mojado, en el bolsillo. Pero me tranquilizó el hecho de observar a tres señoras sentadas en el suelo que me dedicaron una tímida sonrisa más mientras charlaban con calma de sus cosas en su ininteligible idioma.

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Encaminé mis pasos hacia la oficina de turismo para saber si había que pagar una tasa de salida del país. Al parecer, jamás les habían hecho esta pregunta pues no supieron contestarme. Pero la tímida sonrisa con la que recibí esa falta de respuesta no logró calmarme esta vez: si no podíamos conseguir dólares, no veía como íbamos a salir del país sin pagar la tasa en caso de que existiera. Por suerte, ya casi al final de nuestra estancia, dimos con un hotel donde nos adelantaron unos dólares a crédito siempre con una sonrisa. Así pues, pudimos incluso disfrutar de una cena tradicional yapesa, incluyendo frutas, boniatos, tapioca, raíces y hojas de taro, algo de pescado, gambas y unos enormes cangrejos que viven en los manglares. Con los comensales tocados por los típicos nu-nuw y luciendo ya la tímida sonrisa característica de los habitantes de este tradicional archipiélago.

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