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Carácter mestizo

Esos tiempos cuando tiene lugar la conmemoración de la Semana Santa suelen ser apropiados para viajar a la población guatemalteca de Antigua, a pesar de que la afluencia de visitantes es considerable en tales fechas. Las molestias que este hecho pueda causar, como pueden ser la dificultad para encontrar alojamiento o el incremento de precios por algunos servicios, quedan compensadas de largo por el ambiente que se respira en la villa, donde se ponen de manifiesto numerosas tradiciones que evocan el pasado del país. Los antigüeños viven con auténtico entusiasmo estos días, con celebraciones que en cierta manera sincretizan los ritos de sus antepasados con los hábitos religiosos adquiridos durante el periodo colonial. Y es entonces también cuando las numerosas iglesias, ermitas, conventos y oratorios que existen en esta pequeña localidad resultan más evidentes para el viajero.

La iglesia de la Merced ofrece una de las imágenes más características de Antigua, con su atractiva, aunque algo recargada, portada barroca. El templo original fue construido a finales del siglo XVI por encargo de los mercedarios, una de las primeras órdenes religiosas católicas extendida por el Nuevo Mundo. Probablemente, aquella primera iglesia tenía un aspecto muy diferente al actual, pero fue destruida por un terremoto, fenómeno habitual en la zona. En el mismo lugar se edificó otro templo un par de siglos más tarde, que ha logrado aguantar el embate de diversos otros seísmos, mostrando al visitante su intrincada fachada de estuco. Resiste también el claustro, que conserva una fuente en el centro, aunque no el antiguo convento, del que prácticamente no quedan vestigios.

A diferencia de la anterior, la iglesia del Carmen no logró soportar los numerosos movimientos sísmicos ocurridos a lo largo del tiempo y actualmente solo quedan ruinas de un templo que debía presentar un aspecto magnífico. En realidad, la que vemos en la actualidad es la tercera iglesia que existió en este lugar, levantada tras la destrucción de las dos anteriores. Destacan las numerosas columnas que presenta su fachada, la mayor parte de ellas revestidas con estuco de acuerdo a las costumbres de la época. Seguramente, fue uno de los templos más importantes de la ciudad y aún hoy sus ruinas son muy apreciadas por los visitantes de Antigua. Quizás por ello, junto a su portada suele situarse un mercadillo de artesanía local, que dota de cierto contraste y colorido a su decadente imagen actual.

Como ocurre con la mayoría de iglesias en Antigua, la catedral presenta un aspecto barroco y no se trata del primer templo erigido en ese lugar. Su construcción actual data del siglo XVII y probablemente era una de las edificaciones religiosas más imponentes de su época en toda América. Parece ser que ya por entonces existía la costumbre de sacar a los santos en procesión al menor síntoma de movimiento sísmico o erupción de los volcanes situados en las proximidades, actividad que no debió tener mucho éxito durante los llamados terremotos de Santa Marta, que casi destruyeron la villa a finales del siglo XVIII. Pero la catedral resistió en pie, a pesar de resultar algo dañada su estructura, que debió ser remodelada en parte durante los años siguientes. En la actualidad, presenta un aspecto espléndido, siendo posiblemente el edificio más carismático y fotografiado de la ciudad.

Diversos templos de Antigua marcan el punto de partida de las celebraciones de Semana Santa, que congregan a buen número de sus habitantes en una muestra de fervor popular. En sus calles tienen lugar diversos actos relacionados con la tradición cristiana, presente en la ciudad desde el periodo colonial, tales como el rezo del via crucis o las imágenes sacadas en procesión a lomos de los fieles. Conviven estas ceremonias con otras, de origen probablemente anterior. Así, los antigüeños decoran el suelo de sus calles con virutas de serrín teñidas de vivos colores, a la manera de alfombras que cubren el suelo empedrado, y sobre ellas circula el desfile. O forman los denominados huertos, una especie de altares compuestos por frutas, hortalizas, flores y hasta animalillos como peces o pájaros, que los campesinos envían como ofrenda. Costumbres cuya procedencia se pierde en la noche de los tiempos, vestigios de un pasado indígena que los religiosos católicos no lograron hacer olvidar y han quedado ya permanentemente imbricados en los ritos de un pueblo orgulloso de su carácter mestizo.

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