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El día que vivimos dos veces

Llevaban los humanos varios siglos dándole vueltas a un extraño fenómeno que ocurría con la medición del tiempo en su planeta, cuando a finales del siglo XIX un ingeniero llamado Sandford Fleming introdujo un concepto revolucionario que llevaría a la resolución del problema. Se le ocurrió dividir la Tierra en veinticuatro husos horarios, correspondiente cada uno de ellos a una de las veinticuatro horas del día. De esta manera, al pasar del último huso al primero y viceversa no solo se cambiaría de hora, sino también de fecha. Quedaba fijar el lugar por el que pasaría esa línea imaginaria que indicaba un salto en el calendario y fue en el congreso en el que Fleming presentó su idea donde se acordó que la línea de cambio de fecha estuviera imaginariamente situada sobre el meridiano 180º, es decir justamente el opuesto al meridiano 0º de Greenwich. Mucho influyó la presencia de amplias áreas deshabitadas del Pacífico en esa zona para justificar tal decisión.

Desde entonces la línea internacional de cambio de fecha ha sufrido ligeras variaciones, con el fin de minimizar los problemas que pudiera causar en los países lindantes. Uno de los casos más curiosos fue el de Alaska, que pasó a vivir al día anterior cuando fue vendida por Rusia a los Estados Unidos. Samoa cambió de fecha por decisión propia en 1892, dando la casualidad de que aquel año era bisiesto por lo que los samoanos vivieron un total de trescientos sesenta y siete días, nada menos, dicho año. Sin embargo, a comienzos de 2012 decidieron retractarse de aquella decisión y volver a vivir en la fecha precedente. Aunque ningún caso como el de Kiribati, estado independiente con una superficie total similar a la de la isla de Menorca pero distribuida entre múltiples atolones que se extienden por un territorio equivalente al de Europa al completo. Sus ciudadanos solían vivir en dos fechas diferentes hasta que, hace unas décadas, decidieron reunificarse en una sola.

Oí hablar por primera vez de esta línea misteriosa que divide el Planeta Tierra en dos mitades, cada una viviendo un día diferente, a inicios de mi adolescencia. Andaba yo enfrascado en la lectura de las aventuras de Phileas Fogg, que tanto contribuyeron a excitar mi todavía infantil imaginación, cuando, aún triste por la pérdida de la apuesta por parte del protagonista de La Vuelta al Mundo en Ochenta Días, un suceso extraordinario me sorprendió sobremanera. En realidad, Mr. Fogg no había perdido su apuesta, sino que la había ganado puesto que, al viajar hacia el este, no había completado su vuelta al mundo en los ochenta y un días que él pensaba, sino exactamente en uno menos, tal y como se había pactado. Años antes de ser fijada la línea definitiva el maestro Verne ya planteaba el extraño suceso en una de sus novelas más geniales, precursora además de ese objetivo innato, dar la vuelta al mundo, que todos los viajeros llevamos dentro.

Nunca me había planteado cruzar la línea de cambio de fecha como objetivo en mis viajes, pero cuando en 2008 decidimos llegar a Samoa desde Tonga me di cuenta de que inexorablemente tendríamos que cruzarla y una sensación de leve excitación empezó a invadirme. Tonga y Samoa son dos países vecinos que muestran relativas disparidades entre ellos, comenzando por su geografía. Collares de pequeñas islas se distribuyen en varios atolones en Tonga, mientras que Samoa presenta dos islas principales, de tamaño bastante superior, con unos pocos islotes a su alrededor. Las diferencias paisajísticas también son evidentes, pues los atolones tonganos presentan la habitual superficie plana y están cubiertos fundamentalmente por bosques de cocoteros, mientras que las islas samoanas están salpicadas de colinas tapizadas por una vegetación exuberante.

Nuestra última noche en Tonga transcurrió tranquila a la espera del vuelo del día siguiente, 22 de Julio de 2008, hasta el vecino estado de Samoa. Tras un plácido descenso, aterrizábamos en el aeropuerto samoano de Apia algo menos de dos horas más tarde. Tan solo al comprobar el calendario pude despejar definitivamente todas mis dudas. Efectivamente, mostraba el día 21 de Julio de 2008, el mismo que ya habíamos disfrutado con anterioridad en la isla tongana de Fa’fa. Habíamos pues llegado a nuestro destino unas veintidós horas antes de nuestra salida y nos disponíamos a pasar de nuevo la noche del día anterior, aunque esta vez en un país diferente. Como si en lugar de subir a un avión hubiéramos sido introducidos en una máquina mágica que nos hizo retroceder en el tiempo. O como si algún ente superior nos hubiera otorgado el privilegio de vivir dos veces aquella jornada, que en el calendario de nuestras vidas ya nunca sería un día más.

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2 pensamientos en “El día que vivimos dos veces

    • Es algo muy curioso. También lo es que, al volver por el mismo camino, hubo un día que no vivimos, que no existe en nuestro calendario. A ver si algún día lo cuento.

      Muchas gracias por tu comentario.

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