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El día de la momia

Admito que Rusia es uno de los países que más fascinación ha ejercido desde siempre sobre mi persona y más ha contribuido a desarrollar mi imaginación. En mi infancia tuve ocasión de leer la novela Miguel Strogoff de Jules Verne e inmediatamente quedé impresionado por las aventuras que podían vivirse en las enormes estepas de este inmenso estado. Más adelante me sumergí con apasionamiento en obras de escritores como Tolstoi o Dostoievski y el alma rusa me cautivó de tal manera que me hice la promesa de visitar ese inmenso territorio dividido entre Europa y Asia tan pronto como me fuera posible. Algo que conseguí poner en práctica por fin a comienzos de la década de los noventa del siglo pasado.

Mi principal objetivo en Rusia siempre fue Moscú, una urbe de tamaño casi monstruoso pero que no está exenta de atractivos. Mantiene con San Petersburgo una rivalidad casi épica, siendo considerada por los habitantes de esta última población, que se refieren despectivamente a ella como la aldea grande, una ciudad carente de interés. Discrepo bastante de esta opinión, porque en mi opinión Moscú es una localidad llena de alicientes, con lugares verdaderamente encantadores. Aparte de algunas de las iglesias más impresionantes que recuerdo, hay museos de los mejores que he visto, como la Galería Tretyakov, con una extensísima colección de obras de arte. O el Museo Pushkin, fundamental para los que amamos el impresionismo. Puede presumir la ciudad moscovita de ser una de las capitales culturales del mundo, con teatros tan espectaculares como el Bolshoi, donde el ballet alcanza la categoría de arte. No hay que dejar de lado tampoco su famoso Metro, algunas de cuyas estaciones son una obra de arte en sí mismas.

No hacía mucho que había caído la Unión Soviética la primera vez que llegué a la capital rusa y Moscú estaba todavía dando la bienvenida a un capitalismo bastante sui generis. Las reminiscencias del comunismo se veían por doquier, todavía había enormes colas para comprar productos básicos y en las tiendas la variedad era ínfima. Apenas había restaurantes y, salvo excepciones, la comida que ofrecían era poco más que una bazofia incomestible. Para beber podías elegir entre agua mineral de aspecto ferruginoso, la peor cerveza que he probado en mi vida o un vodka peleón que, a pesar de que sabía como alcohol de quemar, quizás fuera lo menos malo de todo. Había pocos coches, los locales se desplazaban todos en Metro al trabajo y era todo un espectáculo encontrarse con auténticos ríos de gente en las chas pik u horas punta. En los hoteles aún existía la figura de la encargada de pasillo, habitualmente una señora de edad que guardaba las llaves de tu habitación y te proveía, a precio de oro, de agua mineral, refrescos, algún que otro comestible o cualquier otra cosa que necesitaras.

El centro neurálgico de la ciudad moscovita se situaba entonces en la Plaza Roja y alrededores. De dimensiones considerables, pues supera los trescientos metros de largo por unos setenta de ancho, no debe su nombre al color de algunas de sus edificaciones, concretamente el muro que rodea al Kremlin y el Museo Estatal de Historia de Rusia, sino al hecho de incluir en su denominación el término krasnaya, que significaba bonita en ruso antiguo y roja en ruso actual. Además de las mencionadas construcciones, hay que mencionar a los entonces muy famosos grandes almacenes G.U.M., la excepcional catedral de San Basilio y la necrópolis de la muralla del Kremlin, donde se encuentran enterrados personajes soviéticos de relevancia. Entre ellos Vladimir Ilych Ulyanov, más conocido por Lenin.

No me hacía demasiada gracia la idea pero al fin me decidí a ir a presentar mis respetos al camarada Lenin, cuyo cuerpo embalsamado reposa en un mausoleo específico desde hace casi un siglo. A la entrada me advirtieron de que ni se me ocurriera sacar fotos, así que me guardé la cámara en un bolsillo. Tras esperar una larga cola, pude por fin acceder al interior del recinto. Allí se encontraba el cadáver del líder bolchevique custodiado por unos fieros guardianes, armados hasta los dientes y que no dudaban en lanzar lo que parecían amenazas de mandar a Siberia a quien no se comportara adecuadamente. Aunque Lenin dista mucho de ser mi personaje histórico favorito, la imagen de sus restos allí expuestos como si de un muñeco de cera se tratase me resultó bastante lastimosa. A ver si se deciden a enterrarlo de una vez, quizás coincidiendo con el centenario de su muerte que se cumple dentro de siete años.

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2 pensamientos en “El día de la momia

  1. Cuando mencionaste lo de la “encargada del pasillo” me hiciste sonreir porque fue alguna de las figuras que nos encontramos en algunos hoteles de los istanes. En Jalal Abad en Kirguistán fue la primera vez. En recepción (y en ruso y con señas) nos explicaban que la llave nos la daría una señora arriba en nuestra planta y que al salir, se la teníamos que dejar. Qué gracia! En fin, debe ser una ínfina parte de la herencia soviética. Saludos tocayo.

    Pd: a mi me gusta mas Moscú que SP

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  2. Qué recuerdos tan bonitos y a la vez, curiosos!!! Yo también soy más de Moscú que de SP. Esta última me decepcionó un poco, por no decir bastante. De acuerdo contigo en lo de los museos de Moscú. Soprendentemente el Puskin pude visitarlo sin apenas gente, y es en sí una auténtica maravilla!!! Me ha gustado leer sobre Moscú, es una ciudad que a mí me trae unos maravillosos recuerdos. Gracias Floren.

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