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Diminuta y exótica

Con poco más de veinte kilómetros cuadrados de superficie, Saint Barthélemy es una de las más pequeñas islas habitadas de las Antillas. Más conocida simplemente como Saint Barth, también es una de las más exóticas, al menos en mi opinión. Exotismo que en este caso no viene dado por la exuberancia de su vegetación, ni por la espectacularidad de sus costas, ni tan siquiera por su belleza paisajística, sino más bien por su pasado, bastante diferente al del resto de islas vecinas. De origen volcánico y aspecto árido, carente casi por completo de agua, tenía todas las papeletas para pasar desapercibida y permanecer deshabitada, pero con el paso del tiempo se ha convertido probablemente en la isla más exclusiva del Caribe.

Saint Barth fue descubierta por Colón, que la llamó San Bartolomé en honor a un hermano suyo. Debido a su pequeñez y su falta de agua, los españoles pasaron de largo, al igual que hicieron en bastantes otros casos. Más de un siglo después, se establecieron en ella unos colonos franceses hasta que a mediados del siglo XVII pasó a ser propiedad de la Orden de Malta durante aproximadamente un trienio. Recuperada por Francia, fue cedida a Suecia a finales del siglo XVIII, convirtiéndose en la única posesión escandinava en tierras caribeñas. Casi un siglo más tarde volvió a manos francesas y así se ha mantenido hasta la actualidad.

Cuenta la isla con apenas diez mil habitantes, establecidos en su mayoría en la capital, denominada Gustavia en recuerdo de un monarca sueco. Localizada en una fotogénica y resguardada bahía, pasear por esta pequeña villa, con sus típicas casas cubiertas con rojos tejados, es todo un placer. Todavía se conserva en ella una iglesia y alguna que otra pequeña fortaleza que prueban su origen nórdico, del que sus habitantes se sienten orgullosos. Con todo, no hace falta andar mucho para llegar hasta Shell Beach, una de las mejores entre las más de veinte playas de Saint Barth, y autoconvencerte de que no te encuentras en Escandinavia sino en pleno Caribe.

Carente de aeropuerto y separada de Saint Martin por el estrecho denominado Saint-Barthélemy Channel, la mejor manera de llegar a Saint Barth es mediante un ferry que parte desde la isla vecina. Con ella la unen numerosos lazos y ambas decidieron separarse de Guadalupe hace unos años para mantener en cierto modo esa individualidad que la ha acompañado a lo largo del tiempo. También es posible llegar hasta allí embarcándose en alguno de los escasos cruceros que desembarcan en la isla, tal y como hicimos nosotros en 2004 con la intención de descubrir algunos aspectos del Caribe menos conocido.

Sin embargo, no hace falta pasar mucho tiempo en Saint Barth para notar una sensación extraña, la de que esta islita no está emplazada en el lugar del planeta que le corresponde. Durante nuestra estancia, no pude dejar de pensar que las aguas que me rodeaban no eran las del Caribe, sino quizás las de algún exclusivo rincón del Mediterráneo. El color predominantemente blanco de sus habitantes, las exclusivas tiendas, los restaurantes gourmet, las lujosas villas, los carísimos hoteles. Todo me llevaba a sentir que había sido de alguna manera teletransportado hasta algún punto de la Costa Azul. No en vano, al igual que ocurre en la Riviera, la relación de ricos y famosos que visitan esta isla es interminable y allí dejan que su vida transcurra tranquilamente tumbados al sol en sus playas privadas o mirando al horizonte desde la terraza de sus fastuosas mansiones.

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