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Viaje a la infancia

En una de sus sentencias más clarividentes, afirmaba el poeta checo Rainer Maria Rilke que la única patria del individuo reside en su infancia. Resulta cuando menos irónico que alguien con una niñez tan infeliz como la suya se atreviera a aseverar eso, aunque quizás todo se deba a que los años posteriores resultaran aún más duros que aquellos en que su madre lo obligaba a vestir con ropa de niña y su padre lo hiciera ingresar en una academia militar contra su voluntad. Sea como fuere, el escritor volvía a su infancia una y otra vez, bien influenciado por sus devaneos con el psicoanálisis o bien tratando de recuperar instantes de aquel niño que le gustaría haber sido y nunca fue.

A diferencia de tan insigne escritor, mi niñez transcurrió de manera feliz. O, al menos, así es como me gusta recordarla obviando ciertos episodios que resultaron tan frustrantes como esporádicos fueron. Rebosando ingenuidad por los cuatro costados y dotado de una introversión innata, me asomaba al mundo con curiosidad e inocencia. Ilusionado con los años que estaban por venir, a la vez que temeroso ante la amenaza de un futuro que se presentaba incierto. Pero siempre mirando hacia adelante, con la vista clavada en el horizonte, impasible ante la futilidad de un devenir que se antojaba tan impredecible como los destellos de una tormenta en una noche de verano.

Aunque siempre me ha gustado divagar y también vagar, y ambas aficiones las he practicado a conciencia a lo largo de mi vida, considero que mis viajes favoritos son los interiores. Para llevarlos a cabo, casi nunca he necesitado el apoyo de ninguna sustancia que ejerciera el papel de billete de ida, lo cual no suele ser lo habitual. Pero es cierto que existen factores que sirven de detonante, precipitando una sucesión de sentimientos que te transportan al pasado a velocidad de vértigo y te llevan a visualizar imágenes que se suceden una tras otra a un ritmo inusitado, como si de una antigua proyección en ocho milímetros se tratara.

En mi caso, dichos estímulos se multiplican por mil cada vez que me acerco a Valencia de Alcántara, lugar que ejerce el papel de continente de mi patria por ser allí donde pasé mi infancia. Cada detalle, cada efluvio, cada sonido, cada sabor ejercen como gatillo, transportándome en un viaje a través del tiempo donde situaciones pasadas, imágenes olvidadas, amigos y familiares que se fueron y nunca volverán recobran vida para hacerme revivir situaciones largamente olvidadas aunque nunca echadas de menos. Esa máquina del tiempo que es la percepción funciona a toda mecha durante unos segundos, minutos a veces, horas las menos, en los que el cronómetro parece haberse parado y retrocedido en su transcurrir, dejando un poso de felicidad y también de amargura en algunos casos.

No importa lo que ocurra después porque, en todo caso, mi infancia siempre sigue ahí. Cada vez quedan menos personas de quienes formaron parte de ella, cada vez cuesta más sobreponerse a la neblina que va cubriendo el tiempo pasado. Pero cada viaje a ella me ofrece la posibilidad de descubrir cosas nuevas, aspectos que de otra manera habrían quedado sepultados en algún rincón oculto de la imaginación. Para seguir viva, mi genuina y auténtica patria necesita que, de tanto en tanto, recurra a ella e intente rememorarla. Y a mí, hijo fiel, me resulta imposible dejar de acceder a sus deseos, en el convencimiento de que su memoria continuará latente al menos mientras alguien pueda seguir recordándola.

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