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Blanca fragilidad

Existe un lugar en el oeste de Turquía, no lejos de la costa del Egeo, al que los locales se refieren como Pamukkale, que viene a significar algo así como castillo de algodón. El subsuelo en esta zona está repleto de aguas termales con una alta concentración de calcio y carbono que, al precipitar en forma de bicarbonato de calcio, han ido formando con el paso del tiempo una especie de fuente que baja por la ladera de una montaña asemejándose a una nívea cascada congelada. Este fenómeno tan inusual es prácticamente único en el mundo, aunque existen un par de sitios que guardan cierta similitud en otras zonas del Planeta. Tan extraño balneario era muy bien conocido por antiguas civilizaciones como la griega y la romana, que ya entonces atribuían a sus aguas propiedades curativas.

Un esplendoroso día de verano nos dirigíamos hacia allí junto con unos amigos. Procedíamos de la localidad costera de Kusadasi, donde habíamos establecido nuestra base con la intención de visitar diversos lugares del oeste turco. Desde la carretera que se aproxima a este sitio tan pintoresco se tienen buenas vistas de la roca blanquecina, que parece deslizarse sobre la ladera como si de una especie de petrificada lava blancuzca se tratara. En algunas zonas, el material forma una especie de estalactitas al caer hacia la terraza inferior, que le proporcionan un aspecto similar al de un peine gigantesco cuyos dientes brillan impecables emitiendo destellos bajo la luz solar. Todo un espectáculo desacostumbrado para mis ojos.

Subiendo por una estrecha carretera llegamos hasta la terraza superior de la montaña, donde las aguas termales surgen por todas partes del subsuelo a una temperatura no excesivamente caliente. En toda la zona, el agua se acumula en una especie de piscinas naturales que se van llenando poco a poco hasta desbordarse, lo que provoca que el líquido caiga lentamente por la ladera. La formación de la petrificada cascada y de las blanquecinas estalactitas es por tanto un proceso sigiloso y lento, que a la madre naturaleza le ha llevado miles de años presentárnoslo en su actual estado. Y doy fe que todo este insólito lugar muestra una delicada belleza, pero a la vez aparenta una fragilidad extrema.

Resultaba difícil que un sitio tan extraordinario pasara desapercibido para ese depredador que todo ser humano lleva dentro. Y no es de extrañar que, con el auge del turismo que tuvo lugar en las últimas décadas del siglo pasado, Pamukkale comenzara a soportar una presión desaforada. El número de visitantes empezó a ser excesivo y el comportamiento de muchos de ellos también dejaba mucho que desear, llegando incluso a pasearse por tan delicado lugar con los zapatos puestos, a romper los bordes de las piscinas o a verter en ellas productos de cualquier tipo. Incluso se dice que había gente bajando en motocicleta por la blanca ladera, como si de un circuito de trial se tratara. Estas bárbaras actuaciones lo dejaron al borde del abismo, pero lo peor estaba aún por venir.

Cuando la afluencia de turistas comenzó a crecer, en los alrededores de Pamukkale empezaron a construirse hoteles sin ningún tipo de control. Y, para llenar sus piscinas artificiales, a sus propietarios no se les ocurrió nada mejor que utilizar el agua termal que brota del subsuelo, con lo que las piscinas naturales de la terraza superior comenzaron a secarse. Para evitarlo, estos individuos sin escrúpulos vertieron en ellas aguas residuales, con lo que el color blanco característico de Pamukkale se oscureció, lo que significaba casi el final de un sitio tan frágil. Afortunadamente, parece que alguien con un poco de sensatez tomó cartas en el asunto, muchos hoteles fueron obligados a cerrar y este paraje excepcional comenzó a recobrar poco a poco su esplendor. A sus futuros visitantes les pediría que traten con mimo a un espacio tan delicado y, si me admiten un pequeño consejo, les advertiría de posibles resbalones en las piscinas con escaso nivel de agua. Mi cabeza puede certificar que el travertino no es tan débil como aparenta.

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