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Adiós, amigo

El río Rhin y yo nos hemos encontrado tantas veces que ya lo considero un viejo amigo. Nuestros caminos se han cruzado tanto en su niñez, cuando baja con alegría desde las altas cumbres de los Alpes para formar la frontera entre los países de Liechtenstein y Suiza, como en su juventud, cuando discurre por los territorios adyacentes a Estrasburgo. He coincidido con él en su espléndida madurez, cuando fluye majestuoso por todo el oeste germano, y en su apacible senectud, cuando se divide en varios brazos y transcurre junto a ciudades neerlandesas como Arnhem o Utrecht. Y también he sido testigo de su muerte en Rotterdam, donde el viejo río, que forma ya un vasto delta, se integra en las frías aguas del Mar del Norte tras más de mil trescientos kilómetros de recorrido.

He tenido también la oportunidad de navegar por sus aguas, desde las que pude contemplar el castillo Katz, construido en el siglo XIV y que se encuentra literalmente colgado en una colina sobre el pueblo alemán de Sankt Goarshausen. Muy cerca de allí puede verse la roca Lorelei, una mole de ciento veinte metros de altura que obliga al Rhin a formar un meandro para continuar su camino. Múltiples leyendas se cuentan sobre este pedrusco, que ha servido de inspiración a numerosos artistas germanos. Se dice que un amor desafortunado llevó al suicidio a una joven, que se lanzó al río desde su cima convirtiéndose a partir de entonces en una sirena cuya voz hipnotizaba a los marineros que por ahí circulaban llevándolos al naufragio. Quizás a ello se deba el nombre de Lorelei, que significa algo así como la roca del murmullo.

Aguas abajo de ese punto el Rhin se encamina hacia la población de Colonia, cuyo origen fue un campamento romano situado a orillas del río. La ciudad que dio nombre a una de las denominaciones usadas en castellano para referirse al perfume fue duramente atacada por los aliados durante la Segunda Guerra Mundial y, al igual que otras urbes legendarias como Frankfurt o Varsovia, hubo de ser reconstruida prácticamente en su totalidad tras finalizar la contienda. Aparte de las numerosas vidas humanas que se perdieron, el desastre arquitectónico fue tan importante que, por ejemplo, una docena de iglesias románicas que allí se encontraban fueron prácticamente destruidas y sus trabajos de reconstrucción solo se completaron a finales del siglo pasado.

En la guerra más terrible que jamás ha sufrido la humanidad, ni siquiera fue respetada una de las construcciones más grandiosas que la mano del hombre ha levantado. La catedral de Colonia, situada junto a la orilla del Rhin, sufrió nada menos que catorce bombardeos durante la guerra. Aun así, permaneció en pie, con sus esbeltas torres apuntando orgullosas al cielo, entre toda la destrucción que la rodeaba. Este magnífico templo gótico, cuya construcción duró más de seiscientos años, es uno de los edificios que más me han impresionado en toda mi vida. Aunque es difícil admirar la belleza de su fachada principal, que suele estar parcialmente cubierta de andamios por trabajos de restauración o limpieza de la piedra, su apariencia resulta suntuosa. Y aunque la guerra ya solo sea un triste recuerdo, la catedral se enfrenta ahora a otros peligros más modernos y globales, tales como la contaminación atmosférica. No me cabe duda de que también sabrá salir airosa de ellos.

Quizás consciente de que el final se acerca, al entrar en territorio neerlandés el Rhin se subdivide en diversos canales que se dirigen hacia el mar alejándose entre sí. Al final del brazo llamado Nieuw Maas se sitúa la ciudad de Rotterdam, el puerto más grande de Europa y el segundo de mayor tráfico en el mundo, tras el de Shanghai. No puede decirse que la ciudad natal de Erasmo sea una maravilla arquitectónica pero aun así posee algunos rincones de interés, especialmente para los amantes de la arquitectura contemporánea. Mi edificación favorita es la localmente denominada Kubuswoningen, imaginativos apartamentos de forma cúbica que descansan sobre uno de sus vértices sostenidos por pilares hexagonales. No lejos de ellos tuve la ocasión de decir adiós a mi viejo amigo que, tras cruzar buena parte del centro y norte de la no menos vieja Europa, allí pone fin a su larga y a veces azarosa trayectoria.

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Un pensamiento en “Adiós, amigo

  1. Me ha gustado mucho tu entrada de hoy Floren; a pesar de haber coincidido muchas veces con tu amigo, jamás me había percatado de la conexión de lugares que su paso provoca. Uno de los viajes más bonitos que he realizado, fue a Colonia y sus alrededores, incluyendo también un paseo que nos dimos por el Rhin. Luego, por trabajo, he vuelto muchas veces a esta ciudad, cuya catedral nunca deja de sorprenderme. Saludos

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