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Aapravasi Ghat (por Jorge Sánchez)

Llegué en barco a Port Louis, la capital de Mauricio, desde la isla de la Reunión. Debíamos repostar para continuar al día siguiente a las islas antárticas francesas (Crozet, Kerguelen, Amsterdam y Saint Paul). Cuatro grumetes y yo bajamos al puerto para conocer la ciudad durante un día entero, quedándonos a almorzar allí, en vez de regresar al comedor del barco. Lo primero que vimos fue el “Waterfront”, con una gran atmósfera por sus cafeterías y restaurantes llenos de gentes, sobre todo indios, con mujeres luciendo sus coloridos saris. También había casinos, tiendas y centros de ocio. Y justo al lado se hallaba el edificio del Aapravasi Ghat, que se podría traducir por Almacén de Inmigrantes. Sin embargo no nos llamó mucho la atención y lo visitamos por sugerencia de un grumete. El edificio más bien parecía una antigua fortaleza destartalada.

Me recordó a Ellis Island, en Nueva York, o al Museo de Inmigración, en Buenos Aires, sitios ambos adonde llegaban los inmigrantes europeos huyendo del hambre. A Aapravasi Ghat llegaban indios, más de medio millón entre mediados del siglo XIX y principios del XX para trabajar (prácticamente como esclavos) en las plantaciones de azúcar, por ello hoy los indios forman la mayor parte de la población mauriciana. Ese sitio puede ser muy interesante para un indio sentimentalista, pero no tanto para un europeo. La entrada era gratuita. Una vez adentro estaba todo restaurado, pero no producía ningún efecto estético. La visita no fue nada del otro mundo y al cabo de media hora los cuatro grumetes y yo salimos.

Nos dedicamos entonces a conocer lugares más lúdicos, como el Barrio Chino, y después el “Jardin Botanique de Pamplemousses”. A mí me gustó particularmente la visita al Museo de Historia Natural, donde vi un dodo disecado, un animal ya desaparecido por la maldad del ser humano, en especial franceses, holandeses e ingleses, que se los comieron todos, sin dejar ni uno. Sobre las 7 de la tarde sonaron las sirenas de nuestro barco, el “Marion Dufresne”; era la señal para embarcarnos los grumetes y yo. A bordo cenamos y de madrugada zarpamos hacia la primera isla antártica: Crozet.

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