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Abu Simbel (por Jorge Sánchez)

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En Aswan abordé un minibús, junto a un pequeño grupo de españoles (los de la tercera foto, donde yo aparezco justo en el medio), hasta Abu Simbel. Se puede llegar allí en avión, pero era caro y nosotros deseábamos llegar por tierra, atravesando el desierto. Tardamos unas 4 horas en llegar.
No sé si estaba incluido, pero había guías egipcios que hablaban muy bien el español explicando la historia del lugar a otros españoles y nos unimos a ellos. Tal vez el guía lo habían contratado los otros españoles, o estaba incluido sólo si llegabas allí en avión (como el otro grupo) pero al unirnos nadie se quejó, así que nos beneficiamos de las explicaciones y entramos en el templo de Ramses II y en el de la diosa Hathor, representada por su esposa Nefertari.

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La historia de la situación actual de Abu Simbel todo el mundo la conoce; cuando se construyó la Presa de Aswan (me cuesta escribir Asuán en español) España participó en el traslado de ese maravilloso templo. Los templos tuvieron que ser cortados en varios pedazos y ser transportados por helicópteros gigantes a su ubicación actual. Gracias a nuestra colaboración con el proyecto dirigido por la Organización UNESCO recibimos el fantástico Templo de Debod, que se instaló sobre una histórica colina cerca de la Plaza de España, en Madrid. Los otros tres países colaboradores que también se beneficiaron de otros templos como recompensa a la ayuda, fueron Estados Unidos, Italia y Holanda.

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En nuestro viaje de regreso a Aswan paramos un poco antes para visitar el Templo de Philae, en el actual emplazamiento de la isla de Agilkia, pues también se tuvo que trasladar debido a la Presa de Aswan. Aunque es pequeño produce un gran impacto.

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Cuando debíamos regresar al puerto para abordar nuestra furgoneta a Aswan, faltaba una chica, Montse, la barcelonesa. La vi en lo alto de un templo y le saludé agitando el brazo como señal para que viniera. Pero en vez de ella, un político español llamado Miguel Roca me devolvió el saludo pensando que iba dirigido hacia él.
Me dio mucha rabia que pensara que le saludaba a él y de inmediato le retiré la mirada, pues no simpatizo con los políticos en general, y mucho menos con el partido que ese político representaba.
Al final tuve que subir al templo y coger a Montse del brazo para traerla al puerto.