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Almadén (por Jorge Sánchez)

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Llegué en autostop a Almadén, desde Sevilla. El sitio UNESCO ya estaba cerrado, debía pasar la noche en esa población y visitarlo por la mañana. Pregunté el precio de un cuarto económico en el primer hotel que hallé, dentro de una plaza de toros hexagonal. Me presenté a la recepcionista como un peregrino por los caminos de España (como cantaba Cecilia) y me ofreció una habitación por un precio de risa, que acepté. Fui el único cliente esa noche.

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Por la mañana me desplacé a pie a la entrada de las minas y esperé hasta que abrieran el complejo. Pronto llegaron más turistas, todos españoles. En el interior había tres placas escritas en español, francés e inglés, indicando que ese era un Patrimonio de la Humanidad. También en el recibidor se exponía una réplica en miniatura de las naves españolas cargadas de mercurio que navegaban a América.
Pagué 13 euros por la entrada y un guía nos mostraría el lugar durante varias horas, en las cuales aprendimos sobre el uso del mercurio y las condiciones de los obreros, más acerca del Real Hospital de Mineros. Todo fue muy didáctico.
Nos colocaron un casco sobre la cabeza y descendimos en un ascensor unos 50 metros. Había más niveles, hasta los 700 metros de profundidad.

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Durante unas dos horas caminamos por corredores y túneles con cortas paraditas para las explicaciones o para mostrarnos alguna efigie de la Virgen, o de la maquinaria utilizada para extraer el cinabrio, o el material del mercurio.
Ese mercurio de Almadén sirvió para extraer la plata y el oro en bruto de las minas de Sudamérica mediante la “amalgama”, aunque después se descubrió otra mina de mercurio que los españoles llamaron Santa Bárbara, en Huancavelica, Perú.
Tras la visita a las minas abordamos un trenecito y luego un minibús.
Finalmente nos mostraron un museo con juegos para niños.

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Me sorprendió que el sistema de presentación de esas minas fuera tan atractivo como para que una persona tan ignorante sobre minerales como yo, encontrara la visita fascinante.
Me sentí tan bien en ese lugar que al acabar la visita me quería apuntar al segundo turno y repetir. Pero para ello debía pagar otra vez. Al final, como aún no me quería ir de allí tan pronto, me quedé a comer en su restaurante, llamado El Malacate (un gazpacho más una paella y sangría, con postre y café, por 8.50 euros).

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