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Altamira (por Jorge Sánchez)

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Hallándome en Santillana del Mar no pude visitar las cuevas de Altamira por estar cerradas, pero sí las cuevas de Las Monedas y El Castillo, en Puente Viesgo (Cantabria), que también están incluidas en este mismo patrimonio.
Visitar estas cuevas me emocionó pues fue como viajar a las entrañas de mis antepasados, los celtíberos.
UNESCO reconoce nuestra cultura celtíbera concediéndonos cuatro Patrimonios de la Humanidad, éste de Altamira, más el “Sitio Arqueológico de Atapuerca”, el de “Arco rupestre del arco mediterráneo de la Península Ibérica” y, compartido con Portugal, “Sitios de arte rupestre prehistórico del Valle de Cõa y de Siega Verde”.

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Era obligado visitar esas cuevas con guía. El precio de entrada era de sólo 3 euros. El guía nos explicaba que los celtíberos poseíamos una lengua y un alfabeto propio, una cultura milenaria y religión basada en las fuerzas de la naturaleza, éramos dueños de nuestra península, desde los Pirineos a Gibraltar, desde el Mar Mediterráneo al Océano Atlántico, con sus bosques y meseta, pescábamos y cazábamos, éramos felices. Pero tras sucesivas invasiones, la más importante la de Roma, abandonamos nuestra cultura para aceptar la invasora romana, que reconocimos como superior, y hoy amamos como nuestra, adoptando su religión y lengua latina. Posteriormente llegaron árabes, pero tras numerosas guerras expulsamos a muchos de ellos y otros se instalaron y se convirtieron en españoles, lo mismo que las tribus bárbaras que habían llegado antes que los árabes. De Francia también acogimos indígenas francos que Carlomagno nos mandó del actual sur de Francia para poblar la Marca Hispánica en nuestra península. Esos franceses hablaban un dialecto del latín, que al adoptar masivamente palabras del español dio lugar al actual valenciano, balear, catalán, etc. Y a esos invitados de Carlomagno también los acogimos en nuestra tierra; hoy ya son españoles de pleno derecho, como los demás, pues el noble pueblo celtíbero es hospitalario y todos son bienvenidos a nuestra península, que hoy está dividida entre dos países cien por cien celtíberos y hermanos, Portugal y España.

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El guía nos condujo durante una hora en cada una de las cuevas a todos los recovecos. Vimos signos de manos humanas y animales, y experimentamos una sensación casi mística; íbamos siguiendo al guía en silencio observando todos los detalles con gran atención, esas cuevas parecían templos.

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Unos de los visitantes me dijo a la salida que esas cuevas de Las Monedas y El Castillo eran auténticas, pero las de Altamira, donde él había estado el día anterior, no eran las originales (pues se hallan cerradas al público) sino una reproducción para contentar a los turistas.