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Amiens (por Jorge Sánchez)

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Antes de entrar en la catedral me detuve frente a ella y, para tomar una buena foto captando toda su magnificencia, retrocedí hasta ponerme de espaldas a las casas de enfrente. Era una verdadera obra de arte; su estilo arquitectónico exterior me recordó a Notre-Dame de París y también a la catedral de Chartres. Pero la catedral de Amiens es la más alta de todas las catedrales góticas francesas.
Antes de entrar, en un lateral descubrí una estatua que me inquietó por su parecido a la de Savonarola en Ferrara, Italia. Representaba a Pedro de Amiens el Ermitaño. A sus pies estaba escrita la frase: Dieu le veut” que es el lema de los Caballeros de la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén.

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No te hacen pagar para entrar en la catedral de Amiens (algo que deberían de copiar en las catedrales de España, como las de Burgos, León, Toledo, Barcelona, Sevilla, Granada, Valencia, Córdoba, y un largo etcétera).
Su interior está lleno de esculturas representando episodios de los Evangelios, por ello a esta catedral se la denomina “la Biblia de Amiens”.
Hay placas que recuerdan su historia, desde su fundación hasta los peligros que pasó durante las dos guerras mundiales del siglo XX.
Un anuncio que me llamó la atención fue el referido al Camino de Santiago. Aunque Amiens no entra dentro de los cuatro caminos de Santiago que se originan en Francia (Vézelay, Le Puy, Arles y París), allí se indicaba que en la Edad Media esa catedral era paso de tránsito para los peregrinos que procedían de Bélgica y otros países norte europeos, más de los ingleses que cruzaban a Francia por el Canal de la Mancha.

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Invertí unas dos horas en su interior prestando atención a sus capillas, el coro barroco, la sillería, las reliquias, el altar, el púlpito, las gárgolas y quimeras, las torres y las columnas. Los colores de las vidrieras te hacen estremecer por la perfección y la delicada elaboración, pero… llegó un momento en el que me saturé de tanta belleza; me cansé, me impacienté, pues ¡qué caramba! tenía otro motivo “viajero” en Amiens, y era visitar la casa de Julio Verne que, aunque no está dentro de los sitios UNESCO, bien merecía un desvío.

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Salí de la catedral y me dirigí a ella a pie. En una plazoleta advertí una estatua representándole. Su casa era un museo de cuatro pisos. En la recepción vendían postales y posters con los títulos de sus libros, entre ellos “La Vuelta al Mundo en 80 Días” y “Viajes Extraordinarios”. Según me informó el portero, aunque Julio Verne nació en Nantes, los últimos 27 años de su vida los pasó en esa casa de Amiens.