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Aranjuez (por Jorge Sánchez)

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En Madrid abordé un tren que media hora más tarde me depositó en Aranjuez. No fue el histórico Tren de la Fresa que inauguró la reina Isabel II en 1851, pero fresas iba a probar en los tres platos de un menú del día que me comí en esa ciudad tras la visita, tanto de primero (gazpacho con fresas), como de segundo (pescado con salsa de fresas) y de postre (fresas con nata). Era un día de la semana que la entrada era gratuita, así que me regocijé todavía más. Al único sitio que se pagaba era en la Casa del Labrador. Lo mejor fue la visita al Palacio Real. Estaba prohibido hacer fotografías en el interior. En la entrada observé una escultura representando a Felipe II. Me encantó el Gabinete Árabe, que me recordó a la Alhambra de Granada. Una hora es lo que toma de tiempo la visita al interior de ese palacio si se leen los letreros de cada sala con las notas explicativas.

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Una vez fuera me paseé por el Jardín de la Isla admirando sus estatuas representando personajes de la mitología griega, las glorietas y la orilla del río Tajo. Poco más tarde alcancé el cercano Museo de las Falúas, donde vi la Flota del Tajo del siglo XVII. De nuevo, hacer fotografías en el interior estaba prohibido. La visita a la propia ciudad de Aranjuez es también sumamente interesante por sus iglesias, monasterios y otros palacios, algo que me sorprendió gratamente, pues pensaba que sería una ciudad anodina; sin embargo, es una villa bella y romántica.

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Una amiga viajera me dijo que una de las mejores visitas que ha realizado en su vida fue la del Palacio de Aranjuez asistiendo en sus jardines al “Concierto de Aranjuez” del compositor Joaquín Rodrigo. A media tarde volví satisfecho a Madrid.

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