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Argel (por Jorge Sánchez)

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Durante dos horas visité la Kasba de Argel. He de decir que había visitado otras kasbas del Magreb mejor preservadas que la de Argel, aunque reconozco que igualmente me gustó, sobre todo por el colorido de sus puertas y sus estrechos callejones.
Me alojaba en un hotel de ese barrio y allí me habían advertido no pasear solo por la kasba, pues podría ser peligroso para un europeo.
Yo no hice caso de esta advertencia y una buena mañana, tras desayunar, me lancé a subir los escalones hasta la cima de la kasba, donde encontraría restos de una fortaleza y el signo de la organización UNESCO.
Dos veces fui invitado a tomar un té, una la rechacé y la segunda la acepté. Entré con un joven en una panadería y allí nos sentamos a tomarnos los tés acompañados de dos bollos de nata y dos huevos cocidos.

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Entré por angostos callejones laberínticos donde uno tenía que agacharse para traspasarlos, casi arrastrase, entre túneles, y aún en otros donde encontré una mezquita diminuta, e imaginé que adentro sólo podrían rezar musulmanes enanos.
Sentí que era una pena el lamentable estado de esa kasba; parecía un lugar abandonado y se paseaba por ella muy poca gente, sólo sus moradores. Por dibujos que había visto en libros antiguos, el aspecto de esa kasba (o alcazaba) en el pasado debía de haber sido un lugar intrigante, acogedor, entrañable, digno de un cuento de Sheherezade.

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El regreso lo realicé a través de otros callejones y una vez en el paseo marítimo me dirigí a pie hasta la Catedral del Sagrado Corazón de Argel.

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