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Arles (por Jorge Sánchez)

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Viajé a Arles, no porque deseara conocer los vestigios romanos y románicos que le han valido a esta ciudad ser nombrada Patrimonio de la Humanidad, sino porque quería iniciar uno de los cuatro Caminos de Santiago que comienzan en Francia. Los otros tres se originan en Vézelay, en Le Puy y en París.
La oficina de información al peregrino estaba cerrada. Había llegado demasiado temprano. Me tomé en un bar un café au lait y un croissant, tras lo cual, y más bien para matar tiempo, visité todos los atractivos turísticos a mi paso, dando vueltas por el centro histórico.

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Por otro lado, en aquellos tiempos ignoraba que Arles era una ciudad UNESCO. De carambola entré precisamente en los lugares considerados Patrimonios de la Humanidad, empezando por la magnífica Iglesia de San Trófimo. El tímpano sobre una de sus entradas me cautivó; representaba el Apocalipsis de San Juan con el Juicio Final. Las estatuas simbolizando a los cuatro evangelistas (el león, el águila, el toro y el ángel) eran extraordinarias; a uno le entraban ganas de hincar las rodillas y agradecer al escultor por tanta perfección.

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Cerca de allí entré en las Arenas Romanas (que estaban en obras), y luego contemplé el colosal obelisco de Constantino II. Todavía me paseé por el embarcadero del Río Ródano, admiré el anfiteatro y ruinas varias, y cuando llegó la hora entré en el centro jacobeo, ya abierto, donde me sellaron la credencial del peregrino. Ya estaba libre para comenzar el peregrinaje.

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En el centro jacobeo me hablaron del encuentro en Arles de Vincent Van Gogh y Paul Gauguin y del lugar donde discutían, pero no presté mucha atención, pues no me interesaba por esa historia entre los dos pintores; yo sólo iba a lo mío y quería iniciar el peregrinaje con la mínima pérdida de tiempo, sin hacer el turista.
Me compré una botella de agua en un supermercado, crucé el Río Ródano y me alejé raudo de Arles, caminando.

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