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Asmara (por Jorge Sánchez)

Desde Axum, en Etiopía, viajé en autobuses a Asmara, en Eritrea. Era el año 1993. Tan sólo pisar el primer poblado eritreano constaté la diferencia entre Etiopía y el recién independizado país de Eritrea: en sus bares se bebía vermut Cinzano y se comían macarrones. En el lenguaje de los indígenas oía con frecuencia las palabras: andiamo, ciao, bambino. Y todos los viejos me preguntaban: ¿Va bene?, y también si era de Milano o de Torino.

Asmara, capital de Eritrea, era una ciudad carente de interés para un viajero por África, al menos para un europeo. Destaca en África por su modernidad y amplias avenidas. Sus edificios mostraban estilos de arquitectura Art Deco, Futurismo, Noveccento, etc. Enseguida noté que los italianos también practicaban el apartheid con los nativos en tiempos de la colonia, al igual que los portugueses en Mozambique, si bien no de forma tan violenta como los ingleses y holandeses en Sudáfrica. En Asmara existían dos tipos de autobuses, dos zonas de paseo, dos bares públicos, etc., que en el pasado servían para diferenciar a italianos y eritreanos. Los indígenas de Asmara se me mostraron amables, curiosos, si bien desconcertados por ver un turista individual.

Durante dos días visité las iglesias católicas, además de las etíopes y las mezquitas. Los nombres de algunos edificios estaban en italiano, así como sus negocios, desde las cafeterías hasta las panaderías. Me resultó curioso ver cines donde exhibían películas en italiano, sin doblar. Eso sí, todas las edificaciones eran ya viejas, pues desde los tiempos de los italianos no se había construido nada nuevo. El tercer día me desplacé a Massawa, en el Mar Rojo, que me fascinó mucho más que Asmara.