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Auschwitz (por Jorge Sánchez)

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Hace unos años, encontrándome en Múnich, un amigo alemán propuso llevarme en su coche al antiguo campo de concentración nazi de Dachau, a apenas unos pocos kilómetros de distancia. Instintivamente me salió una respuesta negativa, y no fuimos. La misma respuesta le di a un amigo de mi barrio, que me quería mostrar la ubicación de las infames checas soviéticas de San Elías, en Barcelona, donde se practicaba la cremación de los allí detenidos, tras torturarlos, sobre todo con curas y monjas, antes y durante la Guerra Civil Española (1936 – 1939), adelantándose a los nazis de Alemania.

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Sin embargo, poco después viajé a Hiroshima y aunque me entraron ganas de llorar cuando entré en el Parque del Memorial de la Paz, no lamenté la visita. Al contrario, me ayudó a conocer mejor la naturaleza humana. Antes de ir a Hiroshima me cuestionaba el por qué el ser humano había caído tan bajo como para lanzar sobre sus semejantes bombas de tal capacidad letal. Pero al salir de ese parque comprendí que estaba equivocado; la humanidad no había caído muy bajo, sino que la realidad era que nunca había estado tan alta como yo creía.

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Por ello, recientemente, al cruzar desde Ucrania a Polonia, no me importó detenerme medio día en Auschwitz y Birkenau de camino hacia mi pueblo Hospitalet de Llobregat.
La entrada era gratuita. Me dieron folletos en español con explicaciones sobre las instalaciones.
La frase de ARBEIT MACHT FREI que observé a la entrada al campo me recordó a la de SLAVA TRUDU (Gloria al Trabajo), en las ciudades de la desaparecida URSS.

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Medio día fue un tiempo suficiente para visitar ambos lugares. Entre Auschwitz y Birkenau caminé los 3 kilómetros de distancia. No me dejé nada por ver, ni siquiera los barracones de los gitanos, a pesar de que varias veces estuve a punto de llorar.
A media tarde proseguí el viaje hacia mi pueblo en España.

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