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Bachkovo (por Jorge Sánchez)

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Ya conocía el monasterio de Rila, así que durante un reciente viaje a Bulgaria, en mi camino a Oriente, escalé sólo en un monasterio maravilloso de ese país, el segundo en importancia tras el de Rila: Bachkovo.
Amo visitar monasterios porque casi todos están erigidos sobre lugares fantásticos, mágicos, y la situación del monasterio de Bachkovo no sería una excepción.
Viajé en tren desde Sofía a Plovdiv y tras una visita de varias horas a su parte vieja me desplacé en un autobús a Assenovgrad y de allí en un minibús al Monasterio de Bachkovo, que tenía el aspecto de una fortaleza enclavada en medio de un paisaje montañoso de aspecto prodigioso.
Antes de ascender a él, observé multitud de kioscos vendiendo miel, yogures que te proporcionan larga vida, figuras de cerámica, restaurantes… había allí todo un batiburrillo de negocios, como en sitios sagrados similares, tales como Lourdes, Fátima, Montserrat, etc.
Lo primero que hice al traspasar el portal del monasterio fue preguntar por el monje encargado de los visitantes y le rogué que me aceptara a pernoctar en ese sagrado lugar. El bondadoso monje me aceptó de inmediato y me facilitó una celda dominado el patio, junto a la trapeza, o refectorio. Pagué sólo 5 levas (unos 2.5 euros) por el alojamiento.

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Los letreros explicativos estaban escritos, además de en búlgaro, en ruso, alemán, francés e inglés. Por ellos supe que el monasterio fue fundado el año 1083 por dos hermanos georgianos. Funcionó como un seminario para enseñar misticismo georgiano. En el siglo XV fue destruido por los turcos, pero reconstruido en el siglo XVII.
El monasterio estaba lleno de visitantes de un día que asistían a las misas, compraban cirios y después comían en los restaurantes y se llevaban miel y yogures a sus hogares.

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Además de su arquitectura, me dejaron admirado sus frescos, tanto exteriores como interiores. Uno localizado en el patio, se llamaba Panorama, y explicaba gráficamente la historia de Bachkovo.
Algunos de los iconos que allí se albergaban eran muy venerados. La mayoría de los peregrinos y visitantes acudían a ese monasterio para mostrarles respeto, en especial a uno que se consideraba milagroso y se llamaba Eleusa (la forma bizantina de representar a la Virgen María con el niño Jesús), que fue traído por viajeros georgianos en el siglo XIV.
En la entrada a la trapeza había un monje vendiendo billetes. Compré uno y entré para contemplar otros frescos aún más delicados y bellos que habían escapado a la destrucción turca.

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La atmósfera del sitio, la belleza, la bondad de los monjes, la llamada a misa mediante campanas y los cantos durante los servicios religiosos contribuyeron a que me sintiera en un estado cercano al éxtasis durante el día que allí permanecí.
El día siguiente regresé a Asenovgrad y de allí proseguí en autobús y tren hasta la ciudad (y Patrimonio de la Humanidad) de Edirne, ya en Turquía europea, para admirar las obras del genial arquitecto turco Sinan.