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Budapest (por Jorge Sánchez)

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Llegué a Budapest en tren, procedente de Lvov, en Ucrania. Siempre suelo caminar en las ciudades que visito, aunque sean extensas, pues considero que es la mejor manera de conocerlas, y mi pequeña bolsa de viaje, de apenas 3 kilos de peso, no me molesta en absoluto el cargarla conmigo en el lomo. Sin embargo, en esta segunda vez que me encontraba en Budapest abordé el Metro porque gracias a una empleada de la Oficina de Turismo supe que es el más antiguo de Europa. No me perdoné que la primera vez ignorara este hecho histórico, menos mal que lo subsané.
Sin embargo no cogí el funicular para ascender al castillo.
Se agradece que Budapest no sea tan turístico como otras ciudades centroeuropeas, en especial Praga. En Budapest, entrar en una cafetería y tomarte una cerveza o un café, no resulta tan caro, excepto en la zona del Castillo de Buda.

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Además de regresar al fantástico Puente de las Cadenas, o Széchenyi Lándchíd, sobre el río Danubio (el segundo más largo de Europa, tras el Volga), sobre el que gira la ciudad, con vistas soberbias del Parlamento, volví a callejear por la avenida Andrassy, para revisitar sus atractivos turísticos.

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No dejé de admirar, asimismo, los lugares religiosos, tales como la catedral, iglesias varias y la histórica sinagoga (la segunda más grande del mundo).

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Suelo detenerme ante todas las estatuas históricas y leer sus placas, para aprender cosas nuevas. Gracias a esta costumbre me paré ante la de Giovanni di Capistrano y aprendí que este monje franciscano es llamado el Santo de Europa, pues gracias a sus arengas enardeció a los cristianos en un intento de invasión de los otomanos, venciéndolos y haciéndolos retroceder, con lo cual se salvó la fe cristiana en Belgrado, en Hungría y, en general, en toda Europa.
Otra estatua, el Pequeño Príncipe (Kiskirálylány), a las orillas del Danubio, era tan popular con los turistas que se ha convertido en otro símbolo de Budapest, como la sirenita en Copenhague o la giralda en Sevilla.
Cuando empezaba a oscurecer me marché a seguir viajando a otra parte.