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Bukhara (por Jorge Sánchez)

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Llegué de noche a Bukhara, proveniente de las ruinas de Merv, en Turkmenistán (otro Patrimonio de la Humanidad), atravesando el río Amu Darya en Chardzhou, (hoy Turkmenabat).
La estación de tren queda alejada del centro de la ciudad. Intenté quedarme a dormir en ella, pero a medianoche la cerraban. Llovía en la calle.
Justo enfrente de la estación, atravesando los raíles, unas luces intermitentes indicaban que allí había un caravanserai. Me acerqué y por el equivalente a medio euro de la actualidad me ofrecieron un camastro donde encontrara sitio. En una sala ya había siete uzbekos instalados, ruidosos y fumando (me pareció oler marihuana), busqué en otro, y aún en otro, y al final hallé un cuarto con sólo cuatro uzbekos pacíficos que me ofrecieron naranjas de sus bolsas. Todos eran vendedores de naranjas que al día siguiente abordarían el tren para venderlas en alguna ciudad de Uzbekistán, Kazakstán, o bien de Rusia.

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Por la mañana me desplacé al centro de Bukhara. De hecho, iba en tránsito desde las orillas del Mar Caspio hasta Siberia, pero era una pena no detenerme, aunque fuera por sólo un día, en las ciudades más legendarias del camino, a pesar de que las conocía absolutamente todas de cinco o seis viajes anteriores en tiempos de la URSS, cuando un inevitable guía de la agencia soviética Intourist te acompañaba a todos sitios. Esta sería la primera vez que visitaría Bukhara por libre.

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Sólo disponía de un visado ruso. En Turkmenistán me habían concedido un visado de tránsito de tres días al llegar en barco a Krasnovodsk (hoy Turkmenbashi), procedente de Bakú, en Azerbaiján. En Bukhara, cuando me presenté a la Policía, me ofrecieron in situ tres días más, y así poco a poco iba recorriendo las repúblicas de Asia Central, no pasando en cada una de ellas más de tres días, hasta que alcancé Novosibirsk, en Rusia.
Rememoré mis viajes anteriores a la mítica Bukhara, cuyo nombre tal vez no invoca tanta pasión y exotismo como “Samarkanda”, pero me gustaba más; de hecho Bukhara es mi ciudad favorita de toda Asia Central.
Lo primero que hice al formalizar mi situación con las autoridades, fue dirigirme a Lyabi Houz, y tomarme un té con dulces de miel en un chaikhaná junto a la estatua de mi héroe Mullah Nasrudín y su burro. Poseía fotos antiguas de ese lugar, que me habían sido donadas por amigos con los que coincidí en mis viajes del pasado por Uzbekistán, fotos de papel que he escaneado y muestro aquí, a pesar de que aparezco en ellas más de lo que quisiera, pero no tengo otras.

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No dejé asimismo de revisitar los originales cuatro minaretes de Char Minor (que justo significa “cuatro minaretes”), las madrasas principales, mausoleos y minaretes varios, la bella mezquita Bolo-Khauz, el palacio y la fortaleza Ark con el pozo donde encerraron y, posteriormente, ajusticiaron a los dos espías ingleses Stoddart y Conolly, en el contexto del Torneo de Sombras (El Gran Juego) entre Rusia e Inglaterra por controlar Asia Central.
En aquellos tiempos del siglo XIX Bukhara era una ciudad prohibida, y al intruso que penetraba en ella y era capturado, el Emir ordenaba ejecutarlo sin contemplaciones. Sólo se tiene constancia del gran viajero húngaro Arminius Vámbéry que se introdujo en esa ciudad prohibida y se escapó vivo de ella, pues cuando los soldados del Emir quisieron probarle para comprobar si era un europeo, interpretaron con la flauta una pegadiza melodía, a ver si con sus pies seguía el ritmo, cosa que hacen todos los europeos, pero no los asiáticos. Como Arminius ya conocía esa trampa, se contuvo, no movió los pies, y le tomaron por local, de momento. Después le siguieron para ver cómo se desenvolvía para hacer aguas menores en el campo. Arminius se agachó, como las mujeres, pues esa es la forma que adoptan los asiáticos, y no de pie, como hacen los europeos. También superó la segunda prueba. No obstante, resolvió abandonar Bukhara al día siguiente, por si acaso le planteaban una tercera prueba que no pudiera solventar.
El día siguiente proseguí mi viaje por Asia Central y me desplacé a Samarkanda.

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