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Bulguksa (por Jorge Sánchez)

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Me dio tiempo en un largo día a visitar los dos lugares que componen este Patrimonio de la Humanidad.
Desde Busan, adonde acababa de llegar con el ferry desde Shimonoseki, abordé un autobús a Gyeongiu, y de allí caminé hasta Bulguksa, donde durante varias horas visité las pagodas y templos, incluyendo los siete tesoros nacionales de Corea.
Gracias a las charlas con algunos monjes pude aprender algo más acerca del Budismo practicado en Corea.

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Me gustó todo cuanto vi y sobre todo la atmosfera de paz y armonía que se respiraba, observé con detenimiento la bella arquitectura y me quedé admirado ante la perfección de las estatuas religiosas representando a Buda y a varios Bodhishattvas.

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Desde Bulguksa realicé un trekking de 4 kilómetros a través del follaje, lo que me tomó algo menos de una hora, acompañado de varios peregrinos coreanos, hasta la caverna de Seokguram.
Ya en sí, esa corta caminata fue una delicia, pero lo que iba a ver me alborozaría más de lo que había esperado.
Como todo buen turista no me perdí nada de lo que aconsejaba un letrero a la entrada. Hasta que llegué al “plato fuerte”, la gran escultura de Buda mirando al mar en la posición que adoptó bajo la higuera de Bodhgaya (Bihar, India) cuando alcanzó la iluminación espiritual.
Esa escultura de Buda exhalaba sabiduría; está considerada una de las más perfectas representaciones de Buda en piedra que existen en Asia. Imagino que su autor la realizó bajo un estado de gracia.
Estaba prohibido hacer fotografías, por lo que compré a un vendedor callejero varias postales de la estatua. Incluso la visión de Buda desde la postal te inspiraba, despertándote fuerzas interiores.
Para que su visión quedara permanentemente en mi memoria me quedé contemplándola unas dos horas seguidas, en un estado de semimeditación.

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Tras la visión de esa estatua nada más podría impresionarme de ese lugar, así que a final de la tarde regresé a pie hasta Gyeongiu y poco más tarde abordé un autobús nocturno con destino Seúl.