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Bursa (por Jorge Sánchez)

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Me tomó una hora de trayecto en autobús alcanzar este Patrimonio de la Humanidad desde la estación. A bordo, un amable pasajero se ofreció a conducirme a la Mezquita Verde.
Bursa es una ciudad grande, la cuarta de Turquía por población, y en el pasado fue la primera capital del Imperio Otomano, luego a Edirne y finalmente, cuando conquistaron Constantinopla, la trasladaron a esta ciudad, que renombraron Estambul.
Mi nuevo amigo turco, no sólo me mostró la bella Mezquita Verde, sino que se preocupó en explicarme la historia de un “kulliye, o complejo alrededor de una mezquita (la Verde) que servía de panadería, clínica, el hamman, el barbero, la medresa, etc., conduciéndome por todos lados. Gracias a él entraba como Pedro por su casa en todas estas secciones; creo que de haber ido sólo no me hubieran dejado entrar al ser cristiano, o no con tanta familiaridad.

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Me condujo a la Tumba Verde, albergando sarcófagos de gente notable, como sultanes y sus familiares.
La mezquita y la tumba son llamadas “verdes” por el color de sus azulejos. Me fijé en un letrero que la mezquita había sido construida en el año 1421.
Agradecí a mi amigo su ayuda y me dirigí en solitario, caminando, a la Gran Mezquita (Ulu Cami). No estaba lejos y por el camino vería edificios, caravanserais, minaretes varios, y estatuas de personajes históricos, como Ataturk montado en su caballo.

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La Gran Mezquita era en verdad grande. La flanqueaban dos minaretes y de uno de ellos colgaba una placa donde leí que su construcción se había acabado el año 1399. Uno se sentía insignificante adentro. Lo más impresionante eran los 200 signos de caligrafía árabe pintados sobre las columnas y paredes. Muchos historiadores afirman que esa caligrafía es la más perfecta y bella del mundo árabe. A mí también me gustó.
Dentro de la mezquita la gente hacía lo mismo que en todas ellas por todo el mundo musulmán, algunos leían el Corán, otros dormían la siesta, rezaban, charlaban, o bien realizaban sus abluciones lavándose los pies en una fuente en el centro de la sala principal.

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Tan ensimismado estaba en ese lugar que se me pasó el tiempo volando, pues además aproveché para dormir la siesta usando mi pequeña bolsa de viaje como almohada y lavarme en el haman, ya que la noche anterior la había pasado viajando en autobús y apenas pude pegar ojo por los niños de mi vecina, que no hacían más que llorar y darme pataditas. Cuando desperté ya era oscuro, así que me lavé los dientes en la fuente central, compré unos pinchos morunos en un kiosco callejero y me dirigí raudo a la estación de autobuses, donde embarqué en uno de ellos con destino Aksehir, la ciudad dedicada por completo al sabio Mullah Nasrudín y su inseparable burro.

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