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Camino de Santiago (por Jorge Sánchez)

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El primer Camino que se ha de realizar es el Francés, no hay discusión sobre esto. Pero si se repite el Camino, y muchos lo hacen porque es mágico, es aconsejable emprender entonces el Camino del Norte, que es único por cuanto se peregrina junto al mar. Si se efectúa en verano se convierte en una gozada pues apetece bañarse cada día, y hasta quedarse a dormir en la playa.

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El Camino del Norte se inicia en Irún, adonde llegué de madrugada tras un largo viaje nocturno en autobús desde mi pueblo, Hospitalet de Llobregat. Crucé el Río Bidasoa por el puente que te conduce a Hendaya, en Francia, ida y vuelta, y comencé a caminar de vuelta en la parte española del río. En San Sebastián, donde muchos peregrinos concluyen la primera etapa, apenas paré y proseguí pues estaba muy brioso ese primer día como para detenerme tan pronto. Esa primera noche dormí en Orio.

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En este peregrinaje se atraviesan lugares entrañables, como son el Monasterio de Zenarruza y sus hospitalarios monjes, también el Monasterio de San Toribio (aunque yo hice un desvío de ida y vuelta para verlo), o el exótico (por sus frailes coreanos) Monasterio de Sobrado dos Monxes, Laredo (donde desembarcó Carlos V), el albergue del Padre Ernesto en Güemes, el Capricho de Gaudí en Comillas, las encantadoras aldeas de Santillana del Mar, o Cudillero, el Puppy de Bilbao…

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La soledad de este Camino, apenas transitado por las hordas de peregrinos (que prefieren el Camino Francés), proporciona la atmósfera necesaria para reflexionar sobre la existencia de la vida y la condición de bípedo implume del ser humano al nacer. Se tiene tiempo de considerar la marcha del sol, de la luna y de las estrellas, de admirar el cielo y el mar, de maravillarse del canto de los pájaros y del murmullo del viento, de superar el tedio, que surge cuando no hay nada en el mundo interior, y de despertar fuerzas dormidas, de donde nace la fortaleza.
Una vez en la bella Santiago de Compostela hay que celebrarlo comiéndose un menú del peregrino en Casa Manolo.
¡Ultreia!

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