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Carcasona (por Jorge Sánchez)

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En el año 2012 trabajaba en un hotel de Calella fregando platos. Un día que varios empleados del hotel teníamos libre el servicio de la comida, decidimos alquilar un coche a medias y viajar en un día a Carcasona, pero debíamos llegar de vuelta para el servicio de la cena.
Para un español del norte, como un aragonés, catalán, navarro o vasco, es fácil esa excursión y se puede hacer en un mismo día, regresando a casa para dormir.

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Salimos a las 9 de la mañana, tras servir los desayunos, y llegamos a Carcasona poco más del mediodía, con una breve escala cerca de Narbona para tomar un café. Todos íbamos con el uniforme de faena, pues para ganar tiempo no nos habíamos puesto la ropa de paseo.
El chófer era un extremeño de Badajoz, que ejercía de camarero y lucía su camisa blanca con una pajarita; yo era el segundo español, de Hospitalet de Llobregat, en Cataluña, y los demás eran un filipino (mi ayudante en la máquina de fregar platos) y dos pinches de cocina marroquíes, vestidos con delantal, que ayudaban al chef de cocina a pelar patatas, a desplumar pollos y a freír espárragos.
Dejamos el coche junto a la Puerta llamada de Narbona, donde se halla una estatua representando a Madame Carcass (una reina mora muy granuja) y penetramos al recinto.

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Carcasona era como una Toledo en miniatura, agradable ciudad, muy bonita. Visitamos la catedral, donde compré un cirio.
Había muchas atracciones para los turistas que nosotros ignoramos, como el Museo de la Tortura, tiendas donde vendían caramelos muy buenos de la firma La Cure Gourmande (pero ya los conocía pues en la calle Fernando de Barcelona, ya tenemos una filial de esa tienda), la Casa de los Fantasmas, y pequeños negocios con venta de libros y uniformes de los caballeros Templarios. También se ofrecían excursiones de carros tirados por caballos para los turistas que te paseaban entre las dos murallas, pero nosotros hicimos todas las visitas a pie.

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Caminamos hasta un extremo de la ciudad amurallada, y allí entramos en la Basílica de Saint Nazaire, cuyo ingreso era gratuito.
Tras ello entramos en el palacio y luego admiramos en una plaza el busto del gran arquitecto francés Eugène Viollet-le-Duc, que restauró las murallas de la ciudad (y era, además, arqueólogo y escritor).
Para comer fuimos a un restaurante francés en el patio de una plaza central, donde a un precio muy barato (15 euros incluyendo una copa de vino) nos ofrecieron el plato típico que se llama Cassoulet (judías con un trozo de carne de pato, algo de chorizo y otros embutidos más).
Sobre las 4 de la tarde emprendimos el regreso a Calella, y justo llegamos a tiempo para el servicio de la cena. En total, entre el alquiler del coche (a una empresa amiga que trabajaba para nuestro hotel), la gasolina, el café en Narbona y el cassoulet, habíamos gastado cada uno unos 30 euros.

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