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Cataratas Victoria (por Jorge Sánchez)

Poco antes de llegar a las cataratas de Victoria desde el lado zimbabueño se comenzaba a oír el estallido de las aguas de sus cinco caídas principales. Me empezaba a emocionar. El nombre de Victoria, en honor a la reina de Inglaterra, le fue dado a esas cataratas por el explorador escocés David Livingstone, que creyó ser el primer europeo que las veía (en realidad fue el portugués Duarte Lopes, en 1578). Los nativos las llamaban Mosi-oa-Tunya, que viene a significar algo así como el humo que truena, por la masa gaseosa que se eleva como una nube constante cuando el agua cae desde una altura máxima de ciento ocho metros. Cuando las contempló acompañado de un guía local, Livingstone exclamó:

– Escenas tan sublimes como ésta sólo son visibles por los ángeles en su vuelo.

Es cierto que son una de las maravillas del mundo, al igual que el Cañón del Colorado, el Río Amazonas, las montañas del Himalaya, el Lago Baikal, o algunos de los archipiélagos del Pacífico.

Esas cataratas guardan una leyenda; según muchos testigos, en el fondo de las aguas existe una gran serpiente o monstruo, similar al del Lago Ness en Escocia. Ese día vi fotografías mostrando su cabeza, aunque no supe distinguir si eran trucadas o no. Ya Livingstone, en sus escritos, menciona a ese monstruo que los nativos conocen por Chipique.

Al igual que hice en viajes anteriores por América, durmiendo junto a las cataratas del Niágara y del Iguazú, también en las de Victoria quería pasar la noche para que su magia y magnificencia penetraran en mi ser. Mientras me estaba instalando en una glorieta para pasar allí la noche sobre mi saco de dormir, un vendedor de máscaras se acercó e intentó colocarme una de ellas, o bien cambiármela por mi reloj. Poco a poco me iba rebajando el precio hasta que al final me la ofrecía poco menos que regalada. Le dije que no tenía dinero. Él estuvo algo molesto por el tiempo que había perdido en vano tratando de convencerme para que le comprara una, así que al despedirse me lanzó un hechizo:

– El último mzungu (hombre blanco) que durmió en esta glorieta se volvió loco por el ruido de las aguas de las cataratas y se suicidó lanzándose al vacío ¡A ti también te pasará lo mismo!

Y el vendedor desapareció llevándose todas sus máscaras.

Me dio un poco de miedo esta maldición, pero no podía permitirme ir a un hotel por disponer de poco dinero. Me quedé sin dormir hasta las 12 de la noche, y cuando me sentí muy cansado saqué la correa de mi pantalón y con ella me até el brazo a una barra de la glorieta. Por si acaso, pensé. Así, si me entraban deseos de suicidarme, la correa me frenaría y ante el forcejeo para desligarme seguro que recuperaría la conciencia y evitaría la locura de saltar al precipicio. Me desperté sobre las 6 de la mañana. Había dormido como un lirón. Y la correa seguía atada a mi brazo ¡Había vencido al encantamiento!

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