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Chichén Itzá (por Jorge Sánchez)

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Desde Mérida hicimos autostop en dirección a Cancún, pero nuestro destino estaba antes, en las ruinas arqueológicas de Chichén Itzá. Pronto llegamos pues en aquellos años (los 80 del siglo XX) el autostop funcionaba muy bien en México, y más viajando en pareja, pues da más confianza a los chóferes que te recogen.
El complejo de Chichén Itzá era enorme, pero disponíamos de todo el día para recorrerlo a base de bien, como Dios manda.
Nos quedamos admirados por la buena preservación del templo principal, el dedicado al dios maya Kukulkán (aunque los exploradores españoles llamaron a ese templo piramidal El Castillo). Daba gozo verlo. Es ese templo el que ha sido escogido hace unos años para formar parte de las siete “Nuevas Maravillas del Mundo Contemporáneo”, en compañía de el Taj Mahal, Petra, Machu Picchu, la Gran Muralla China, la Estatua del Cristo Redentor, y el Coliseo de Roma.

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Pero aparte de ese templo, que obviamente era el atractivo principal, también visitamos otros, si bien no tan espectaculares como el de Kukulkán. El Templo de los Guerreros y el de los Jaguares también nos encantaron, al igual que el Caracol, o el observatorio astronómico.
Había un juego de pelota maya, y observamos cabezas de serpientes emplumadas escupidas en las piedras. La decoración de los templos era otro de los atractivos y las alusiones a las serpientes, a las águilas y a los jaguares.

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Pero el sitio que nos dejó más huella sería la estatua de Chac, el dios de las lluvias.
Tanto me atraía al principio esa estatua de ese dios que le pedí a mi compañera que me tomara una foto subido en ella. Sólo más tarde nos explicaría un guía mejicano que ese dios era sanguinario y sobre la bandeja que ase en sus manos se depositaban corazones de doncellas vírgenes, a las cuales sacrificaban.

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Cuando oí esa historia dejé de encontrar “simpático” ese dios.
No sería hasta el siglo XXI cuando vería la película Apokalypto, de Mel Gibson, para conocer un poco mejor la crueldad de los ritos paganos y las aberraciones cometidas por los hechiceros de esos templos y sus actos de canibalismo, por muy bellos que fueran. En ese complejo había un cenote donde se lanzaban los cadáveres de los sacrificados al dios Chac. Y al acabar esa visita, nos acercamos a la cercana villa de Valladolid, donde visitamos otro cenote, y hasta bajamos a él, y allí volveríamos a oír las historias espeluznantes de sacrificios de niñas vírgenes para contentar a los dioses, siempre insaciables de sangre.
Cuando comenzaba a oscurecer regresamos en autostop a Mérida para presenciar las jotas aragonesas en la Plaza de Armas.