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Chichicastenango (por Jorge Sánchez)

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Con base en Panajachel, a orillas del idílico lago Atitlán, decidimos un día realizar una excursión de ida y vuelta a Chichicastenango, un poblado indígena vecino del cual nos habían hablado maravillas otros viajeros que habíamos conocido en los alrededores de ese lago.

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Llegamos un día de mercado y pasamos casi todo el tiempo en La Plaza. Allí vendían frutas, verduras, souvenires y máscaras de madera. Los indios estaban acostumbrados a regatear y, si al darte el precio no comprabas el producto, te preguntaban cuál es el que tú ofreces.
Yo ya cargaba conmigo el libro sagrado de los Mayas, el Popol Vuh, donde se narra el origen del pueblo quiché, o los mayas guatemaltecos, que releía de vez en cuando. Pero allí en Panajachel lo ofrecían también en algunas tiendas ya que fue hallado en esa población.
Lo mejor fue entrar en las iglesias y comprobar que las imágenes de Jesucristo mostraban facciones de indios, como si Jesús de Nazaret fuera de la etnia Quiché, lo cual nos agradó. La Virgen María y los santos también parecían indígenas. Nos gustó esa visión quiché de la Biblia; los quichés habían aceptado el Cristianismo, sí, pero a su manera.

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La gente era muy creyente. En el interior de la iglesia de Santo Tomás no vi bancos para sentarse, sino paja donde los feligreses se ponían de rodillas para rezar. Y muchos, mediante una lata de sardinas vacía, esparcían incienso por el interior de la iglesia. Todo ello contribuía a crear una atmósfera peculiar en esa iglesia. La misa de ese día fue en lengua quiché, aunque me aseguraron que también se ofrece en español.

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Pero no éramos los únicos “gringos” o “güeros”; casi la mitad de los paseantes por esa Plaza eran turistas que llegaban desde México, del lago Atitlán, o directamente desde Antigua.
Había ruinas antiguas no lejos de esa Plaza, con piedras representando dioses mayas, donde los chamanes quichés realizan ceremonias paganas, pero al final no las vimos.
A media tarde regresamos en autobús a Panajachel.

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