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Chiloé (por Jorge Sánchez)

En el año 1986 viajé a la isla de Chiloé, donde permanecí tres días con dos noches. Mi objetivo era buscar un barco barato hacia Punta Arenas por la zona de los canales. El primer día salí bien temprano de Puerto Montt y tras cruzar el Canal de Chacao en un transbordador (media hora de travesía) pude alcanzar, vía Ancud, la capital de la isla, llamada Castro. Vi allí en el centro, junto a la plaza, una iglesia muy bonita pintada de amarillo con las torres de color violeta. Se llamaba San Francisco. Entré para comprar un cirio y tras la misa hice amistad con el monaguillo, quien al enterarse de mi situación económica me invitó a dormir en un ala de la iglesia, sobre un banco de madera, cosa a la que accedió el párroco.

Yo entonces no lo sabía pero de las más de 150 iglesias de madera que existen en Chiloé, construidas en primer lugar por los jesuitas (y luego por los franciscanos) durante los siglos XVII y XVIII, dieciséis de ellas serían elegidas Patrimonio Mundial por la UNESCO en el año 2000. Aunque la de San Francisco, que se halla dentro de las dieciséis escogidas, databa de inicios del siglo XX. Todavía empleé dos días visitando la bonita isla de Chiloé, con varias más de sus antiguas iglesias de madera y sus palafitos en el poblado de Castro y alrededores. Advertí que en esa isla vive una notoria cantidad de alemanes que emigraron tras la Segunda Guerra Mundial y guardan su lengua y costumbres.

Al arribar a Quellón, al sureste de la isla, me enteré de que pronto levaría anclas un navío con destino a Puerto Chacabuco a través del Golfo del Corcovado y parte de la zona de los canales. Reflexioné: o bien me gastaba absolutamente todo mi dinero en ese viaje que prometía ser fantástico, o seguía mi plan original viajando gratis en autostop para así conservar mis dólares y mis pesos. Al final me decidí por la segunda opción y regresé en autostop a Puerto Montt, la capital de la Región X, o de Los Lagos, visitando por el camino algunas iglesias más, aunque hoy no sabría distinguir si pertenecían a las dieciséis de UNESCO; de la única de ese grupo que estoy seguro que conocí fue la de San Francisco, en Castro.