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Chitwan (por Jorge Sánchez)

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Como debía esperar una semana mi visado de India, aproveché para viajar al Parque Nacional de Chitwan.
A la llegada a la parada de autobuses de Chitwan, una docena de muchachos ofrecían tours al Parque Nacional. Los precios eran prácticamente iguales pues se ponen de acuerdo, así que me fui con un joven que me mostró un hotel que me atrajo por su patio lleno de árboles frutales.
Pagué un precio que me pareció adecuado por un paquete de tres días donde se me ofrecía un trekking ornitológico, una excursión en elefante en busca de rinocerontes y tigres, más un show nocturno de danzas folclóricas. Los permisos al parque están incluidos en el precio.

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Me alegró ver que la mayoría de turistas eran de países asiáticos, como Malasia, China, India, Taiwán o Corea. Vi poquísimos occidentales. Hubiera sido aún más feliz si entre esos turistas hubiera visto de Paraguay, Congo, Eritrea, o de Papúa Nueva Guinea.
Cada día tenía diferentes compañeros de mi hotel con los que haría mucha amistad, sobre todo con una pareja de chinos jóvenes que habían viajado desde Beijing en tren a Lhasa, y luego habían cruzado a Nepal por tierra. Con los malayos compartí un elefante y nos reímos mucho.

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Nos enseñaron diferentes trucos para defendernos en caso de ataques de animales salvajes, y de tener cuidado con los monos, pues los del Parque de Chitwan son muy ladrones y les gusta robar gorras que luego se ponen ellos en su cabeza y se escapan trepando entre los árboles, o cosas de los bolsillos de la camisa, como bolígrafos, carteras y paquetes de tabaco, y hasta las gafas y monóculos, lo roban todo los puñeteros.

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Lo mejor fue la excursión en elefante. Hay turistas que durante días no ven ningún rinoceronte, pero yo ese día observaría dos. No vería tigres, pues es algo más difícil, pero sí vi un ciervo despistado.
Igualmente me di por satisfecho.

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Cuando se oteaba un rinoceronte los guías se lo comunicaban a sus colegas, y a los pocos minutos nos reuníamos rodeando al animal no menos de veinte elefantes con sus turistas sobre el lomo.
Mi elefante estaba enamorado de una elefanta y si nos separábamos mucho de ella se enfadaba y se quedaba inmóvil, gimiendo de manera conmovedora, por lo que debíamos esperar a que viniera, sino no se movía ni a tiros. Me gustó tanto este gesto del elefante que al acabar la excursión di una propina a su guía. Él entonces le pidió al elefante que me aplaudiera con las orejas durante un buen rato.
Esa noche fui al espectáculo folklórico y al día siguiente regresé a Katmandú para recoger mi visado indio.