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Corfú (por Jorge Sánchez)

Llegué a Corfú en barco, desde Igumenitsa. Desde la distancia me gustó la vista de la fortaleza sobre una promontorio. Ese primer día aprendí que la isla de Corfú nunca fue invadida por los turcos. Permaneció en manos venecianas durante varios siglos hasta que la ocuparon por unos años los soldados de Napoleón. Finalmente, los ingleses la controlaron por unas pocas décadas, hasta que se unificó con Grecia. La influencia veneciana se nota hoy en la arquitectura, no así la inglesa, y aún menos la francesa.

Con base en un banco de madera de respaldo curvo (mis preferidos) de un parque central donde pasabas las noches, todo me quedaba a un tiro de piedra, pues la ciudad es pequeña; tiene muchos menos habitantes que mi pueblo Hospitalet de Llobregat, en España. La primera visita que efectué fue a las callejuelas peatonales. Encontré muchos turistas, tal vez demasiados (era un mes de septiembre). Pero no me molestó, pues yo también era un turista más.

La vista que realicé con más interés fue a la vieja fortaleza, erigida por los venecianos. Estuvo en ella nuestro Don Juan de Austria tratando de reclutar soldados para la Batalla de Lepanto (en 1571), pero como los nativos acababan de sufrir pocos días atrás un asedio de los turcos, que les causaron muchas bajas, no pudieron aportar ningún hombre a la flota de la Liga Santa. Visité palacios, un museo (el de arte asiático), más las iglesias, como la de San Jorge, donde compré un cirio. El tercer día navegué a Brindisi, en Italia.

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