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Diyarbakir (por Jorge Sánchez)

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Me detuve medio día en Diyarbakir en mi camino hacia los monasterios cristianos sirios vecinos a Mardin .
En unos folletos que me regalaron en la Oficina de Turismo se afirmaba que las murallas de Dibaryakir eran las segundas más extensas del mundo, sólo por detrás de la Gran Muralla china. Habían sido construidas por los Romanos en las postrimerías del siglo III y medían unos 6 kilómetros.
El autobús me dejó junto a un portal de tal muralla y pude apreciarla.

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Francamente, yo esperaba más de esas murallas. Las de Lugo y, sobre todo las de Ávila, son mucho más estéticas y su visión te exalta, además de estar mejor preservadas que las de Dibaryakir.
No obstante no me defraudaron y me felicité por detenerme en esa ciudad, pues aparte de las murallas encontré otros lugares remarcables, como fue la gran mezquita. Me descalcé y entré en ella. Era hermosa y está considerada la quinta más sagrada del islam.

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En un principio fue iglesia, hasta que los árabes invadieron ese territorio y la convirtieron en mezquita, al igual que habían hecho los musulmanes con nuestra bella basílica visigótica de San Vicente Mártir en Córdoba, que tras la conquista de la ciudad en el siglo VIII convirtieron en mezquita, bella, sí, pero más bella e histórica (del siglo VI) era la iglesia cristiana anterior.
La mezquita de Dibaryakir era muy espaciosa, mucha gente dormía y algunos fieles leían el Corán en alto. Parte de ella había sido reconstruida utilizando columnas y piedras de un antiguo teatro erigido por los Romanos 2.000 años atrás.

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Pero lo mejor de ese medio día fue el caravansarai Hasan Pasa Hani, que encontré por azar entre las murallas y la gran mezquita. En la entrada había una placa donde se podía leer (en inglés) que un viajero polaco de principios del siglo XVII, llamado Simeón, había estado allí alojado y daba esta descripción del lugar:
– “Fui al caravanserai de Hasan Pasa Hani, el magnífico edificio de piedra podía albergar dos establos con capacidad para 500 caballos, y disponía de una fuente preciosa y diversas habitaciones en sus tres pisos”.

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En ese caravanserai histórico me instalaría por dos horas, sentado en una cafetería, donde ordené un té acompañado de palomitas de maíz, para sentir la atmósfera kurda.
Tras Diyarbakir, me dirigí en autobús a Mardin para visitar los monasterios cristianos vecinos donde había estado el santo Efrén de Siria.