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Estrasburgo (por Jorge Sánchez)

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Comencé de madrugada mis visitas turísticas a Estrasburgo. Frente a la plaza de la estación de trenes había una calle que me conduciría a los sitios que aconseja visitar UNESCO.
Por el camino encontré una cafetería abierta donde desayuné un café au lait y un croissant.

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La Catedral Notre-Dame sería mi primera parada. Hacía mucho frío, era el mes enero, así que me vino bien entrar en un sitio caliente. Se estaba celebrando misa, así que me quedé allí sentado y al concluir el servicio le compré un cirio al monaguillo.
Antes de salir admiré un antiguo reloj astronómico, situado a la derecha del altar. Esa catedral merecía mucho más tiempo del que yo le presté. Algunos turistas pagaban 3 euros para poder ascender arriba de ella, pero yo no lo hice. Preferí en cambio dedicar más tiempo a estudiar las figuras del tímpano central.

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Estaba asombrado redescubriendo esa ciudad (había estado en ella por primera vez en 1972, llegando una noche en autostop). Todo lo encontraba bello, el interior de la catedral con sus cristaleras, la decoración exterior de las casas alsacianas, los palacios. Al barrio más histórico de Estrasburgo se le denomina “La Petite France”, y sería allí donde pasaría la mayor parte del tiempo.
Deambulando por las calles encontré a un grupo numerosos de turistas japoneses que hacían fotos a una estatua metálica en medio de una plaza. Me acerqué y descubrí que la estatua representaba a Johannes Gutenberg. Una placa indicaba que había nacido en Maguncia, hoy Alemania, pero fue en Estrasburgo donde inventó la imprenta.

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Mi siguiente visita fue el Palacio de Rohan, que está incluido en el Patrimonio de la ciudad. Lo encontré fácilmente. Su interior albergaba diversos museos, entre ellos el de Bellas Artes o el de Arqueología.
Siguiendo mis visitas sistemáticas, ahora me faltaban las cuatro iglesias antiguas de UNESCO, de las cuales sólo localicé dos esa mañana, y dejé para la tarde las otras dos.
En La Petite France cruzaba los puentes sobre el río para apreciar el “Quai des Ponts-Couverts”. Subí a uno de ellos y allí me quedé un buen rato, saboreando el paisaje que se desplegaba ante mí.
Hacia la media tarde, tras la visita a las dos iglesias que me quedaban por ver, exclamé para mi interior: “prueba conseguida”, y regresé a la estación de trenes para proseguí mi viaje.

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