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Ferantopov (por Jorge Sánchez)

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Fue fácil acceder en autobús desde la ciudad de Vologda. Una vez allí compré el billete de entrada y admiré durante tres horas todo el complejo. Tenía derecho a entrar en el complejo del monasterio (maravilloso), más la sala de artesanía (curiosa, pero poca cosa más), y otra sala conteniendo pintura contemporánea (nada interesante en absoluto y salí tan pronto observé cuadros con sólo rayas).

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Todos los visitantes eran rusos, sin excepción. Por lo que me contaron, pocos extranjeros van a visitar ese monasterio; incluso es bastante desconocido para los propios rusos. Debido a ello el precio era el mismo para todo el mundo.
Lo mejor de mi visita fueron los frescos de Dionisio el Sabio, un monje moscovita que pintaba iconos con un estilo propio que llegó a ser conocido como “Arte Manierista Moscovita”.
Aparte del monasterio, donde no me dejaron hacer fotos a los frescos (salvo la que aquí muestro, al no saber que estaba prohibido, pero de inmediato un monje me recriminó y guardé la cámara), visité también la pequeña capilla, las celdas del archimandrita más la de los monjes.

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A la salida del monasterio me informaron que ya no había autobuses de regreso a Vologda hasta el día siguiente, por lo que inicié el autostop, aún cuando no es muy conocido en Rusia. No obstante mediante dos coches alcancé la población de Kirillov y me sentí salvado, pues desde ese pueblo sí que existía servicio de furgonetas (marshrutka) hasta la noche.

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Pero antes de regresar a Vologda aproveché para conocer otro monasterio notable en esa localidad que, a pesar de no estar en la lista de UNESCO, era superlativo. Se llamaba Kirillo-Belozersky y está construido a orillas de un lago llamado Siverkoye a la manera de fortaleza, con varias torres de vigilancia. Por lo que aprendí sobre este segundo monasterio del día, gracias a un letrero a la entrada, supe que fue erigido en el siglo XIV y durante muchos años constituyó el monasterio más grande de Rusia. Junto al monasterio se erguía una catedral llamada Virgen de Kazán, que también visité.
Cuando llegó la hora de salida de mi marshrutka, regresé a Vologda. Había sido un día muy provechoso.