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Gran Muralla (por Jorge Sánchez)

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Una vez en Shanhaiguan, para llegar a la Gran Muralla China hube de abordar un autobús local. Por el camino vi letreros escritos en chino, en inglés y en ruso. Y es que los rusos, sobre todo los que viven en Siberia y Extremo Oriente, prefieren descansar en las playas vecinas a Shanhaiguan, en el mar de Bohai, por resultarles el viaje y estancia más baratos, que veranear en Sochi (mar Negro) o en Europa occidental. En la entrada al Paso Shanhai (que es el significado de Shanhaiguan) compré mi billete y entré al recinto. En el pasado, ese paso marcaba la frontera entre chinos y manchúes.

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En el año 1982 había comprado en Beijing una excursión a la Gran Muralla China, en Badaling, en un autobús relleno de turistas chinos. Fue una visita memorable y aún recuerdo la gran muralla siguiendo el contorno de las montañas. Según diversos cálculos, su longitud supera los 20.000 kilómetros, desde la frontera con Corea al desierto de Gobi. Esta vez, en el año 2016, deseaba ver otro fragmento de la muralla no menos impactante. En el interior del recinto había un museo de historia, un templo y diversas estatuas representando a dioses y a héroes chinos. Al llegar a la playa fue donde admiré el esplendor de esa gran obra de ingeniería, la penetración de la muralla en las aguas del mar de Bohai. Además de espectacular, el lugar era romántico. Esa parte de la muralla se conoce como la “Cabeza del Viejo Dragón”. Un templo vecino estaba dedicado al Dios del Mar y se adentraba 124 metros mar adentro, según afirmaba un letrero escrito en chino, inglés y ruso. Como estaba en el frío mes de abril apenas había turistas en esa muralla, y los pocos que vi eran chinos venidos mayoritariamente de la vecina Beijing.

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Algo que me entristeció fue leer en otro letrero que ese fragmento de la muralla introduciéndose en el mar había sido reconstruido en el año 1988. Se explicaba que fue destruido durante una guerra en el año 1900 por los “Ocho Poderes Diabólicos”, también descritos en otro letrero en inglés más suavemente como “Eight Powers Invaders”, que, aunque no se mencionaban los nombres de esos ocho poderes invasores, deduje enseguida que se referían a Reino Unido, Francia, Japón, Alemania, Italia, Rusia, Estados Unidos y el Imperio Austrohúngaro, cuando esos ocho países humillaron a la China de la dinastía Qing durante la conocida “Rebelión de los Boxers”, forzándola a firmar tratados desiguales.

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El que viaja largo tiempo por China y se interesa por su rica cultura e historia no puede menos que amar con todo su ser a ese gran pueblo, desde sus artes como la caligrafía, su pintura, su poesía, su Tai chi, pasando por su excelente gastronomía, sus valores morales y el respeto por sus mayores. Entre los países asiáticos, India aportó al mundo la espiritualidad de sus místicos; Japón, la estética de sus artistas; y China, la ética de sus pensadores. Siempre he afirmado que, si creyera en la reencarnación, en mi siguiente vida me gustaría nacer en China. Tras la visita a la Gran Muralla China abordé un tren a Qinhuangdao, y de allí un autobús a Chengde, para admirar otro Patrimonio Mundial: la residencia de montaña y templos vecinos en Chengde.