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Hamburgo (por Jorge Sánchez)

Llegué a la Ciudad libre y hanseática de Hamburgo en tren y allí mismo entré en la oficina de turismo donde me facilitaron un mapa en español para poder orientarme. De hecho había estado casi una semana en esa ciudad 50 años atrás, durante mi adolescencia, pero apenas recordaba nada. En mi presente viaje deseaba ver el Patrimonio Mundial que posee. Por suerte todo lo tenía a un tiro de piedra, según pude ver, así que caminé por unos 10 minutos en dirección al puerto y el primer edificio con el que me tropecé fue el Chilehaus.

No sé por qué pero creía que el nombre de Chilehaus era debido a que allí se hallaba el Consulado de Chile, pero estaba equivocado. El nombre se debe a que un comerciante negociaba con el salitre de Chile y se hizo rico. Encargó la construcción de ese edificio y en honor a Chile le dio ese nombre. En una de las entradas noté el escudo nacional de Chile, y… Eureka! en uno de sus pisos tenía su sede el Instituto Cervantes, de lo cual me alegré tanto que le pedí a un indígena que me hiciera una foto junto a la placa. Y es que los alemanes, tras el inglés, estudian el español como segunda lengua extranjera, y son muchos los que la dominan por haber veraneado en Mallorca o por haber viajado por Hispanoamérica. Me sentí muy orgulloso de ello. El edificio no me impactó tanto como hubiera esperado de un sitio UNESCO; solo uno de sus vértices, en forma de proa de buque llamó mi atención.

Tras ello crucé un canal (Hamburgo cuenta con más canales que las ciudades de Venecia y Amsterdam juntas) para detenerme en medio del puente Poggenmuhlen pues desde él disfruté de una vista espléndida de los antiguos almacenes. No siendo un entendido en arquitectura exploraba a mi aire esos barrios, más bien fijándome en detalles no relacionados con el Patrimonio Mundial, como por ejemplo admirando el edificio de la revista Der Spiegel, cuyo diseño me atrajo, o bien deteniéndome en uno de sus puentes para observar las estatuas de Cristóbal Colón y de Vasco de Gama, dos grandes viajeros. Tras unas tres horas de recorrido me dediqué a explorar otras zonas de la ciudad a ver si la recordaba de mi primera visita 50 años atrás, como los lagos artificiales, o la catedral e iglesias varias, donde entraba para comprar cirios. Y cuando empezó a caer la noche regresé a la estación de tren para marcharme a viajar a otra parte.

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