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Hoi An (por Jorge Sánchez)

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Cuando me estaba despidiendo de unos amigos en la isla de Phu Quoc para viajar al norte de Vietnam, me advirtieron que no me detuviera en Hoi An porque era un pueblo “demasiado turístico”.
Pero yo no les hice caso. Muy bien – pensé- yo seré un turista más en Hoi An, pero iré.
Llegué a Hoi An a media tarde y me instalé en un hotelito céntrico.
Todo el mundo me sonreía, las calles estaban limpias, la vida barata. Sí, había muchos turistas, pero a mí no me molestaban en absoluto.
Al caer la noche cené en un restaurante romántico a la luz de varias velas.

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Todo el día siguiente recorrí el centro, compré frutas, visité el puente cubierto japonés del siglo XVI, y no paraba de admirarme de la amabilidad de las gentes y la bella arquitectura.

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Hoi An, en tiempos de los portugueses y los españoles (que se adelantaron varios siglos a los franceses en conocer Indochina) la llamaban Faifo. Muchos aventureros celtíberos, a lo Fernão Mendes Pinto, como el manchego Blas Ruiz y su amigo portugués Diogo Veloso, anduvieron por esas tierras experimentando mil y una vicisitudes a lo largo de los siglos XVI y XVII. Y hasta el fraile capuchino Antonio da Madalena, en el año 1586, descubrió para el mundo occidental el complejo de templos de Angkor Wat, y pocos años más tarde (en 1614) aparecería un libro en lengua portuguesa sobre su hallazgo.

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Ofrecían excursiones por los alrededores de Hoi An, muy populares con los turistas alemanes y rusos, pero yo preferí saborear todo el día el encanto de esa ciudad.
El tercer día abandoné feliz Hoi An hacia el norte, haciendo cortas paradas por el camino, como en la Bahía de Ha-Long y en las montañas de Sa Pa, antes de penetrar en China y proseguir en trenes hasta Vladivostok, vía Manchuria.

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