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Hollókö (por Jorge Sánchez)

Con base en Budapest hay que calcular que te tomará un día completo la visita al poblado de Hollókö, a razón de 3 horas de viaje a la ida, 3 de visita, más 3 de regreso. Hay un autobús (que sale sobre el mediodía desde la estación de Stadionok, Budapest) que se dirige a Szecseny, desde donde hay que hacer transbordo a un segundo autobús que te lleva a Hollókö. A la entrada a Hollókö hay un signo de UNESCO sobre una roca culminada por una figura de un cuervo negro. El chófer me indicó que Hollókö significa en húngaro, algo así como “cuervo sobre una piedra”.

Comencé mis visitas por el castillo del siglo XIII, que se halla en lo alto de un cerro vecino. Justo antes de iniciar el repecho que te señala el sendero de subida, hay una oficina de turismo donde te dan explicaciones del lugar, además de mapas y folletos (incluso en español). No fue nada del otro mundo ese castillo vacío, pues estaba medio en ruinas. Además, lo visité un día de espesa bruma, a 0 grados centígrados. Más grata sería mi visita a la vieja aldea, que con sus más de 60 casas tradicionales de piedra y madera hacen de Hollókö un museo al aire libre. Los nativos de Hollókö pertenecen a la etnia “paloc”, cuyo origen y lengua siguen siendo un misterio.

Me concentré en las dos calles empedradas principales que componen la vieja Hollókö. Las casas eran originales, bellas, aunque muchas las encontré deshabitadas, deduciendo que sus dueños vivirían en otra población y sólo en verano regresaban a Hollókö para aprovechar el turismo. Noté varios museos rústicos que vendían artesanía, visitando uno de ellos. También observé una iglesia de madera, que estaba vacía, sin fieles, por lo que no pude comprar un cirio. Finalmente, atraído por una imagen de madera representando un cuervo negro a la entrada de una tienda, entré y comprobé que vendían productos locales. Allí un matrimonio me ofreció degustación de diversos yogures y quesos caseros. El kilo de queso salía por la equivalencia a 10 euros, por lo que compré 300 gramos de queso, más 100 gramos de mortadela y un pan, que sería la base de mi merienda. Sobre las 5 de la tarde abordé el último autobús de regreso a Szecseny, y de allí otro a Budapest.