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Horsh Arz Al Rab (por Jorge Sánchez)

Uno de mis objetivos durante mi visita del Líbano era visitar Bsharre, donde nació un personaje cuyos libros (en especial El Profeta) me inspiraron durante mi adolescencia: Gibran Jalil Gibran. Salí temprano de Trípoli, en autostop, y al inicio de la tarde alcancé Bsharre. Vi allí un museo dedicado a él, más la casa donde nació. También observé una gran cabeza de piedra que le representaba. Se notaba que en Bsharre se sentían orgullosos de él. Y yo me sentí muy feliz de haber cumplido mi objetivo de visitar su pueblo. Ahora tenía un nuevo deseo, visitar las ruinas romanas de Baalbek. Los indígenas me aconsejaban regresar a Beirut, y tomar allí un autobús a Baalbek. Sin embargo, había una ruta que llevaba a Baalbek directamente desde Bsharri. Y de nuevo me aconsejaban no intentar seguir esa carretera pues atravesaba zonas remotas y apenas habitadas por las que no pasarían coches que pudieran llevarme.

No hice caso a los nativos y me puse a caminar montaña arriba para cruzar la cordillera, a pesar del frío. A los pocos kilómetros observé a la derecha un lugar llamado Bosque de los Cedros de Dios y noté que había un signo que declaraba el lugar como Patrimonio Mundial (era el año 1999 y en aquel tiempo no prestaba ninguna a tención a los sitios UNESCO). Curioso, entré. No tenía constancia de ese bosque de cedros. No había guardianes ni oficinas para cobrarme billetes de entrada. Me recreé por el lugar al menos una hora, a mi aire, hasta que temí no llegar con luz solar a Baalbek y regresé a la carretera para seguir caminando. Durante esa hora vi varias docenas de cedros. Al día siguiente me informarían de que en ese lugar existían en la actualidad unos pocos centenares de cedros, que eran el resto de los miles que había en la antigüedad. Finalmente alcancé Baalbek, exhausto, y me quedé a dormir en el medio de sus ruinas, en el centro del templo dedicado a Venus.