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Iguazú (por Jorge Sánchez)

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En el año 1986 había visitado las cataratas del Iguazú desde el lado brasileño. Me emocioné. Desde entonces considero que es la obra más asombrosa que la naturaleza ha producido en nuestro bello planeta Tierra, superando en belleza y magnificencia a otras cataratas notables, como las de Victoria, Niágara, Tisissat, o el Salto Ángel.

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Sin embargo, un amigo de Buenos Aires me reprochó poco después que no hubiera cruzado al lado argentino, donde se halla la famosa Garganta del Diablo, la mejor visión de las cataratas, la más espectacular y dramática.
Esa reprimenda más el saber tiempo más tarde que el descubridor español Álvar Núñez Cabeza de Vaca había sido el primer europeo en admirar las cataratas del Iguazú y debido a ello habían colocado allí una placa recordando ese hito histórico, motivó que deseara regresar otra vez a esas cataratas, pero esta vez desde el lado argentino.
El gaditano Cabeza de Vaca es uno de mis héroes viajeros, uno de los más formidables viajeros que ha dado la Humanidad.

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Llegué de buena mañana a la entrada a las cataratas. Los precios eran algo altos y discriminaban a los extranjeros. No valía hablar el español con acento argentino para obtener un billete barato, pues los vendedores te piden la documentación. Me resigné y acabé pagando el precio máximo, pero no me dolió.
Un día entero pasaría allí. Estaba todo muy bien organizado, con trenecitos para llevarte a los sitios más remarcables. Yo comencé por la Garganta del Diablo, luego por medio de trenecitos y a pie descendí hasta el nivel del río y después alcancé la parte alta para contemplar las caídas de agua desde todas las perspectivas posibles.
Observé pájaros exóticos de plumajes muy coloridos, monos ladrones que si te descuidabas te robaban los bocadillos o la gorra y se escapaban con su botín por entre los árboles, y hasta me crucé con unos animales llamados coatíes, que se suben los árboles y algunos se erguían de manera graciosa ante los turistas para que les dieran comida.
No comí nada ese día, pues todo estaba excesivamente caro dentro del complejo.
Había excursiones extras en barco para navegar por debajo de las aguas y alrededor de un islote rocoso llamado San Martín, y más actividades, como sobrevolar las cataratas en helicóptero. Incluso observé un hotel de lujo en el interior del complejo, pero estaba a precios prohibitivos para mi economía.
No puedo decir que disfrutara como la primera vez, en 1986, desde el lado brasileño, pues fue única y en circunstancias especiales. Pero sí que me sentí contento de haber regresado, algo que no suelo hacer, pues no me gusta repetir sitios.

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Durante ese día no paraba de buscar la placa dedicada a Cabeza de Vaca. Preguntaba a los guías turísticos pero nadie la recordaba. Al final uno de ellos me dijo que la habían robado. No me lo podía creer. Pregunté a más guías y hasta me señalaron la roca donde la placa, de bronce, había estado colgada, precisamente ante una caída de agua bautizada Cabeza de Vaca. Se notaban los tornillos que la sujetaban, pero la placa ya no estaba más. Nadie recordaba desde cuando había desaparecido.
Sentí mi corazón afligido.
Sin embargo, antes de abandonar el lugar pregunté a los guardabosques y ¡Eureka! La placa estaba en un taller reparándose, pues debido a unas tormentas tiempo atrás, a punto estuvo de ser arrancadas de la roca y ser arrastrada a las aguas.
Pedí verla y al serme entregada la abracé.
Tras ello me marché gozoso a viajar a otra parte.

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