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Isfahán (por Jorge Sánchez)

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Isfahán fue la joya de mi visita a Irán. Llegué a esta fabulosa ciudad desde Shiraz, adonde había ido a rendir pleitesía a los poetas Hafiz y Sadi visitando sus mausoleos. En Isfahán encontré un hostal a precios moderados junto a la famosa plaza de Naghsh-e Jahan (Midan Emam), cuya belleza me recordó la de la plaza Registán, en Samarcanda, pero la de Isfahán es más grande.

Una vez instalado salí a recorrer esa ciudad durante tres días, aunque siempre volvía a esa plaza, subiéndome al primer piso del palacio de Ali Qapu, entrando en la mezquita del jeque Lotfollah o la del Shah, en las medresas, mezclándome con las gentes bebiendo tés con ellos en los caravanserais y en el Gran Bazar. Admirando esa plaza me parecía estar viviendo un cuento de Sheherezade. Cuando visitaba las mezquitas, tenía cuidado de descalzarme, hacer las abluciones y camuflarme entre los fieles. Nunca nadie sospechó que era un cristiano.

El segundo día lo dediqué a visitar el distrito armenio, con sus iglesias y la catedral Vank. Entre los armenios me sentía como en casa, pues muchos de ellos hablaban ruso. Me sorprendió constatar que los iraníes toleraban el cristianismo, al contrario que hacen los musulmanes en otros países, como Pakistán, Egipto, Iraq o Siria, donde los masacran ante la indiferencia de los gobiernos de los países europeos. Otro de mis lugares favoritos en Isfahán fue el puente Si-o-se Pol, o de los 33 arcos, sobre el río Zayandeh, donde solía comprar dulces de miel en una especie de kiosco.

Tenía una cita una semana más tarde con una amiga rusa en las playas de Antalya, al sur de Turquía, por lo que no me quedé más tiempo en Isfahán, a pesar de que lo hubiera deseado. El cuarto día emprendí mi viaje a Turquía haciendo escalas de un día con una noche en Hamadán y luego en Tabriz.

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