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Isla de Mozambique (por Jorge Sánchez)

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No me fui fácil alcanzar la Isla de Mozambique desde Maputo debido a mi empeño en no tomar un avión. Debía llegar allí por tierra y por mar, como los viajeros de verdad, lo que me tomó tres semanas. En Beira, por ejemplo, tuve que esperar ocho días un barco para que me transportara a Quelimane debido a la ausencia de puentes para cruzar ríos por tierra y a las tormentas en el mar. Los camiones que me transportaban se averiaban por el camino, en medio del barro, y en muchos lugares debíamos hacer un largo desvío por estar la zona minada desde los tiempos de la guerra. Si uno recorría 100 kilómetros en camión en un día, se podía dar por satisfecho, y más encontrándose en época de lluvias, como era mi situación, por no contar con los controles de los militares y de la ex guerrilla.
Era el año 1992; me había escapado de la Barcelona de los Juegos Olímpicos.
Apenas llevaba dinero; un mes atrás me habían robado en Johannesburgo y, con apenas lo puesto, debía regresar a España por tierra, lo que me tomaría aún cinco meses de viajes llenos de tribulaciones.

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Mozambique sería mi isla favorita entre las islas swahilis de la costa índica de África, como Zanzíbar, Pemba, o Lamu. Pero… ¡Mozambique no era en realidad una isla! Fue algo que me decepcionó al principio. Había un puente desde la parte continental que te llevaba a la isla. El ingeniero había sido el mismo que también construyó los puentes entre Macao y las islas Taipa y Coloane, antiguas posesiones portuguesas, hoy reintegradas en China. Ese puente le restaba romanticismo a Mozambique.
Me acerqué a la iglesia católica y le pedí al párroco (que era portugués) que me permitiera pasar unos días en ella a cambio de alguna labor, como barrer, ayudar en la cocina, fregar los platos, o tocar las campanas a las horas de misa. Precisamente en esa iglesia se habían alojado en el pasado, tanto Luis de Camões como San Francisco Javier y, probablemente, uno de mis héroes viajeros, Fernão Mendes Pinto. El buen párroco me aceptó.

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La isla de Mozambique fue la capital del Imperio Portugués en Asia. Vi allí una fortaleza llamada San Sebastián, monumentos a héroes portugueses (como Luis de Camões), un castillo del siglo XVI que había sido destruido por los holandeses, un palacio con un museo conteniendo carrozas, casas portuguesas, varias iglesias de estilo manuelino y la catedral, aunque había pocos católicos en esa isla; la mayoría de la población era musulmana. También noté un templo dedicado a Shiva, pues allí vivían varios indios provenientes de Goa, y numerosas mezquitas.

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La isla es pequeña, de unos 3 kilómetros de largo por unos 300 metros de ancho, y en ella viven unas 15.000 almas. Las calles eran estrechas y laberínticas, y en el exótico zoco se vendía jengibre, pescado seco, cocos, azafrán, clavo y cosas baratas chinas. Vi casas de nativos construidas con coral y bambú, las chicas jóvenes, que eran muy coquetas, se pintaban la cara con una crema blanca, a manera de mascarilla, para evitar ponerse más negras de lo que ya estaban, mientras que los hombres se entretenían jugando al n’tchuva (también llamado mancala, o kalaha), juego típico africano que consta de un tablero de 32 agujeros con 64 semillas.
Un buen día me despedí del bueno del párroco y del sadhu hindú que estaba al cargo del templo de Shiva y con el que había hecho amistad, y me dirigí en autostop a la frontera con Tanzania, lo que me llevó dos días con sus dos noches.
Al llegar a Mocimboa da Praia pasé emigración mozambiqueña y en el puerto unos comerciantes tanzanos tuvieron a bien llevarme en su dhow a la aldea tanzana de Mtwara, travesía que duró tres días con sus tres noches, y en el transcurso de la cual unos insectos de altamar me devoraron el tímpano de mi oreja izquierda.

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