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Islas Andamán (por Jorge Sánchez)

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No viajé a las Islas Andamán y Nicobar con el objetivo de visitar la histórica e infame cárcel de Port Blair, aunque al final la visité, de día y también de noche, cuando se ofrece un espectáculo de “luz y sonido”.
Tampoco viajé a esas islas para disfrutar de las playas, como suelen hacer los pocos turistas extranjeros que allí viajan.
No, yo sólo me interesaba por las tribus Jarawas, las Sentinele y otras más que allí moran, en un completo aislamiento del mundo occidental. Las tribus de las islas Nicobar, donde los elefantes trabajan transportando troncos, no se pueden ver por nadie, exceptuando los pocos antropólogos enviados especialmente por Gobierno Indio.
Además, el gran viajero Marco Polo describe esas islas, aunque no está claro si escaló en ellas y conoció a sus indígenas.

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Volé para llegar a la capital Port Blair. Había barcos que te llevaban a las islas Andamán desde Calcuta y Madrás (hoy llamadas Kolkata y Chennai) pero se tenía que conseguir previamente un permiso (que tarda días en ser concedido), pues esas islas son consideradas un territorio especial; hasta los propios indios necesitan una autorización para viajar a las islas Andamán y no se aceptan mendigos ni sadhues hindúes renunciantes de la vida.
Sin embargo, si se vuela a Andamán, el permiso te es concedido en el mismo aeropuerto de Port Blair tras un breve interrogatorio por los servicios secretos indios IB (Intelligent Bureau), y como había comprado un airpass de Indian Airlines con escala también en las islas Lakshadweep, volé a ellas una buena mañana.
El aeropuerto de Port Blair está en la misma ciudad. Caminé y encontré una especie de YMCA donde me alojaría por varias noches.

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La famosa cárcel no se puede evitar, está localizada en una zona bien céntrica y visible de Port Blair, y es grande, de tres pisos de altura con siete alas. Me pareció siniestra, más que la que se halla en la Isla del Diablo en la Guayana Francesa, o los viejos penales de Australia.
No soy en absoluto un amante de las cárceles, tengo recuerdos infaustos de ellas; si acabé visitando la de Port Blair fue por “matar tiempo” y porque mi primer autobús hacia el norte, hacia la isla vecina de Baratang, no saldría hasta las 4 de la mañana del día siguiente.
En esa cárcel muchos revolucionarios y presos políticos, llamados Indian Freedom Fighters, sufrieron largo arresto en sus celdas microscópicas con las manos y pies encadenados, latigazos, trabajos forzados, ejecuciones, agua salada para beber, y trato inhumano y vejaciones practicado por los ingleses, por lo que los presos caían como moscas y sus cadáveres eran arrojados al mar. La cárcel llegó a ser tomada por los japoneses en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, y muchos indios ayudaron a los japoneses para liberarse del yugo inglés.
Me levanté por la madrugada y embarqué en un autobús hacia el norte. Un soldado con el rifle en ristre nos acompañaba, era obligatorio, y continuamente se comunicaba con otros soldados con un transmisor. En el pasado se habían dado casos de ataques con lanzas y flechas de los aborígenes a los indios, con alguna muerte que otra.
Hubo diversos controles militares por el camino, donde registraban los nombres de los pasajeros en una libreta.
La naturaleza de la isla era hermosa, exuberante, en ella habría vivido feliz King Kong.

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A veces veía nativos Jarawa por el camino, iban desnudos, algunos pescaban. Nos miraban con curiosidad, pero se notaba que ya estaban acostumbrados a la presencia de indios. Poco antes de llegar a un río, esperando un ferry, aparecieron unos cuarenta Jarawas que nos rodearon, incluyendo mujeres y niños, todos desnudos, y los hombres portaban arcos y flechas, debían ser pescadores. Yo me sentí exaltado, en un estado lindando el éxtasis. Los Jarawas estuvieron con nosotros hasta que apareció el ferry que nos transportaría a la siguiente isla, todo el rato sonreían, eran muy curiosos e ingenuos.
Durante ese tiempo nos tocaban la cabeza, las manos, la nariz. A mí me acariciaban los pelos del pecho con curiosidad, pues ellos son imberbes. Para ellos yo era un indio más, pues no distinguían de nacionalidades ni hablaban siquiera el idioma hindi. Un indio le regaló una camiseta a un Jarawa, y éste no sabía cómo colocársela por la cabeza, y todos nos reíamos de su torpeza al intentarlo.
Fue una hora mágica la que pasé junto a ellos. Los sentía mis parientes lejanos, muy íntimos. Sus antepasados prefirieron aislarse de las demás razas humanas y se instalaron en esas islas idílicas, sin aventurarse a explorar otras islas más al sur. Sus hermanos son los aborígenes papúas y los australianos.

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Los ingleses, en su historia sobre esas islas, describen una lucha contra los Jarawas, los cuales iban armados con lanzas, arcos y flechas, y se vanaglorian de no haber sufrido ni una sola baja. A los Jarawas y nativos de otras de las seis tribus que viven en esas islas los mataban como conejos, como un ejercicio de puntería con sus rifles. Cuando leí la reseña de esa “batalla” un grito de indignación hacia los ingleses pasó por mi mente. Esos Jarawas son nuestros ancestros, nuestros padres, las entrañas de la Humanidad, y matarlos para robarles sus tierras es un genocidio, que es lo que realmente fue esa “batalla” ganada por los ingleses.
Por lo menos los indios, al mantener aislados a los Jarawas y otras tribus de Andamán y Nicobar, los dejan vivir a su aire y no los masacran, como hicieron los ingleses en Australia con los aborígenes, a los que casi exterminaron por completo.
Me sentí muy triste cuando nos separamos de ellos.
Y aunque visité otras islas del archipiélago de Andamán y vi costumbres que me llenaron de satisfacción, lo mejor de mi viaje a esas islas fue ese encuentro de una hora con los cuarenta Jarawas.
Días más tarde me marché para viajar a otra parte.

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