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Islas Eólicas (por Jorge Sánchez)

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Tras visitar el Patrimonio de la Humanidad denominado “Monumentos árabe-normandos de Palermo y los duomos de Monreale y Cefalú”, tomé el tren con destino a Milazzo, para abordar un ferry a la isla de Stromboli.

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La islas Eolias están compuestas por siete principales. Tal vez en la elección de Stromboli entre las siete islas que componen el archipiélago tuvo algo que ver la película “Stromboli, Terra di Dio”, interpretada por Ingrid Bergman, que había visto de niño. Además ¡qué caramba! la palabra Stromboli suena muy bien al oído, evoca aventura, exotismo, emociona tan solo pronunciarla, como Timbuktú, Samarkanda, o Pernambuco.

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El ferry iba haciendo escalas en diferentes islas lo cual me daba la oportunidad de admirarlas de cerca y hasta de descender brevemente durante sus escalas.
No fue difícil encontrar alojamiento al llegar a Sttromboli; en el puerto esperaban los dueños de los pocos hostales que allí hay. Había descartado dormir en la playa por el frío que hacía al encontrarme en el mes de diciembre.

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Pretendía realizar el trekking al volcán al día siguiente, pero un matrimonio de belgas que viajaban en el mismo ferry me convenció para que los acompañara esa misma noche, con ayuda de linternas de espeleólogos que portaban. Ambos eran muy aventureros y me contaron los trekkings que habían efectuado por todo el mundo, sobre todo en las montañas del Himalaya. También habían realizado el Camino de Santiago a pie. Acabamos alojándonos en el mismo hostal.
Tras dejar las bolsas en nuestras habitaciones respectivas partimos hacia el volcán. La caminata nos tomaría unas dos horas hasta arribar al cráter a través de senderos sinuosos. Cada diez o quince minutos se producía una erupción. El ver el fuego, el humo y el lanzamiento de la lava desde tan cerca, nos emocionaba hasta el máximo de los extremos.

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Al ascender a nuestro objetivo el espectáculo que teníamos ante nuestros ojos era majestuoso y nos hacía sentir pequeños, insignificantes.
Permanecimos en un estado de recogimiento junto al volcán durante una hora. Al regresar al pueblo lo celebramos cenando en la única pizzería abierta a esas horas, e ingerimos, mano a mano, una buena garrafa de vino de Chianti.
Por la mañana visité la iglesia (donde entré para comprar un cirio) y me paseé por los callejones, hasta que se hizo el medio día, cuando abordé un ferry que me devolvió a Milazzo.